DISCIPLINA VERSUS JUSTICIA
Scroogle y la Pedagogía del Castigo
Una nueva versión de Cuento de Navidad devolverá al cine al viejo comerciante de Charles Dickens: metódico, severo, impermeable a toda debilidad humana y convencido de que el mundo funciona mejor cuando cada persona permanece exactamente donde le corresponde, cumple sus obligaciones y evita…

Está a punto de regresar Ebenezer Scrooge.
Una nueva versión de Cuento de Navidad devolverá al cine al viejo comerciante de Charles Dickens: metódico, severo, impermeable a toda debilidad humana y convencido de que el mundo funciona mejor cuando cada persona permanece exactamente donde le corresponde, cumple sus obligaciones y evita perturbar el orden de los libros contables.
Scrooge no es propiamente un mal administrador. Su negocio está ordenado. Las cuentas cierran. Los trabajadores llegan, producen y reciben aquello que, según él, merecen. El problema es otro: ha confundido el orden con la justicia, la disciplina con la virtud y la capacidad de castigar con la autoridad moral.
En su oficina trabaja Bob Cratchit, un empleado leal, mal pagado y sobrecargado de obligaciones. Cratchit siente frío, pero Scrooge administra el carbón. Quiere pasar la Navidad con su familia, pero antes debe justificar por qué pretende ausentarse. Hasta la felicidad parece sospechosa cuando interrumpe la producción.
En el universo de Scrooge, descansar no es una necesidad humana, sino una concesión del empleador. Enfermarse es una incomodidad administrativa. Y apartarse por un instante de la rutina constituye una peligrosa señal para los demás trabajadores, que podrían llegar a pensar que también tienen cuerpo, familia, cansancio o una vida fuera de la oficina.
Dickens escribió sobre la Inglaterra industrial del siglo XIX, pero algunos personajes tienen la inquietante costumbre de sobrevivir a su época.
En ciertas instituciones contemporáneas también persiste una particular fascinación por el rigor. Se exige dedicación, disponibilidad, compostura, sobriedad y una resistencia casi mineral al cansancio. Durante décadas, sus integrantes cumplen turnos, soportan destinaciones, resuelven conflictos, reciben calificaciones, enfrentan cargas de trabajo desproporcionadas y aprenden que la vida personal debe acomodarse discretamente en los intersticios que deja la función.
Nada de eso es necesariamente injusto. Quien ejerce una función pública relevante asume obligaciones superiores a las del ciudadano común. La probidad importa, y las licencias médicas no pueden convertirse en pasaportes recreativos ni en mecanismos para percibir remuneraciones mientras se incumplen deliberadamente los deberes del cargo.
El problema comienza cuando la disciplina pierde la capacidad de distinguir.
Algunos funcionarios judiciales viajaron durante el tiempo de duración de licencias médicas. Los casos fueron investigados por los órganos competentes. En algunos hubo sanciones; en otros, absoluciones o sobreseimientos, tras ponderar diagnósticos, indicaciones médicas y circunstancias particulares. Era razonable investigar. También lo era sancionar cuando se acreditara engaño, abuso o perjuicio para el servicio.
Pero parece que el primer castigo no siempre satisface la demanda pública.
La sanción puede implicar descuentos, afectar la calificación o dejar una huella en la carrera. Sin embargo, en tiempos de indignación acumulada, aquello puede resultar insuficiente. La plaza no siempre busca una decisión jurídicamente proporcionada. A veces exige una ceremonia.
Entonces aparece la pedagogía del castigo.
Ya no se trata solo de responder por una infracción. Se trata de escoger una consecuencia suficientemente visible para disuadir a cualquiera de repetirla. La persona deja de ser juzgada únicamente por lo que hizo y pasa a ser utilizada como mensaje para los demás.
Scrooge habría comprendido perfectamente esa lógica. Descontar un día puede corregir a un empleado; despedirlo en público educa a toda la oficina.
Naturalmente, una sanción disciplinaria y una remoción no son procedimientos idénticos. Tienen presupuestos, finalidades y efectos distintos. Pero las categorías jurídicas no eliminan la sustancia del problema: los mismos hechos, ya investigados y eventualmente sancionados, vuelven a ser considerados bajo la posibilidad de imponer ahora la máxima consecuencia funcionaria.
Quizás ello sea jurídicamente procedente. Pero precisamente por la gravedad de la medida exige algo más que una afirmación de competencia. Requiere explicar por qué la respuesta anterior resulta insuficiente, qué antecedentes nuevos justifican una evaluación distinta y por qué la conducta demuestra que el funcionario ya no puede permanecer en el sistema.
Remover no es simplemente sancionar con mayor intensidad. Es declarar que una persona ha perdido las condiciones indispensables para seguir ejerciendo su función. Es concluir que su permanencia resulta incompatible con la confianza institucional. Una afirmación de esa magnitud no debería desprenderse automáticamente del solo hecho de haber cruzado una frontera durante una licencia médica.
Habrá casos graves, pero también licencias válidamente extendidas, viajes compatibles con un proceso de recuperación, ausencia de engaño, cumplimiento del trabajo pendiente y trayectorias profesionales sin corrupción, prevaricación ni abandono de deberes.
Tratar del mismo modo situaciones diferentes no es rigor. Es comodidad.
La trayectoria tampoco puede desaparecer. Un juez no es únicamente el protagonista del último titular de prensa. Es también las miles de audiencias que celebró, las resoluciones que dictó, los turnos que soportó, las destinaciones que aceptó y los años durante los cuales desempeñó correctamente una función difícil.
La probidad importa. La biografía también.
Las instituciones tienen el derecho y el deber de controlar a sus integrantes. Pero ese poder no las exime de una obligación menos visible: cuidarlos. Cuidar no significa encubrir infracciones ni fabricar impunidad. Significa juzgar individualmente, distinguir, ponderar y resistir la tentación de convertir a una persona en instrumento ejemplarizador.
Scrooge necesitó la visita de tres fantasmas para comprenderlo.
El primero le mostró su pasado y le recordó que no siempre había sido un hombre endurecido. El segundo le permitió ver la vida de quienes lo rodeaban. El tercero le reveló el futuro de una existencia gobernada únicamente por la utilidad, la severidad y el miedo.
Las instituciones no reciben visitas espectrales. Pero poseen algo mejor: memoria, experiencia y derecho.
Podrían recordar que sus funcionarios no son piezas reemplazables; observar lo que ocurre cuando el control se transforma en temor; y anticipar el tipo de judicatura que surge cuando todos aprenden que una carrera puede terminar convertida en el pie de página de un escarmiento público.
Una judicatura asustada no necesariamente será más honesta. Puede ser simplemente más dócil, más defensiva y menos independiente.
Al final del cuento, Scrooge no abandona su negocio ni deja de exigir trabajo. Tampoco renuncia al orden. Comprende algo más elemental: ninguna organización funciona verdaderamente bien cuando, para preservar su autoridad, debe olvidar la humanidad de quienes la sostienen.
Tal vez por eso la historia sigue regresando cada Navidad.
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