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Diario Constitucional

PROHIBICIÓN Y NARCOTRÁFICO

Los Intocables, Caracortada y nuestra guerra contra las drogas

En Los intocables, de 1987, dirigida por Brian De Palma y con cuatro nominaciones a los premios Óscar, Chicago es una ciudad sitiada. Corre 1930 y los hombres de Al Capone controlan un negocio formidable: alcohol. Whisky, cerveza, gin. Sustancias que hoy compramos en un supermercado, pero que…

Por Elke von Loebenstein·16 de agosto de 2026·5 min de lectura
Los Intocables, Caracortada y nuestra guerra contra las drogas
Referencial

En Los intocables, de 1987, dirigida por Brian De Palma y con cuatro nominaciones a los premios Óscar, Chicago es una ciudad sitiada. Corre 1930 y los hombres de Al Capone controlan un negocio formidable: alcohol. Whisky, cerveza, gin. Sustancias que hoy compramos en un supermercado, pero que entonces habían sido expulsadas de la legalidad por la más formidable de las herramientas jurídicas norteamericanas: una enmienda constitucional.

La intención había sido virtuosa. Acabar con el alcoholismo, la violencia y la degradación social mediante la prohibición. El resultado fue bastante menos edificante. La gente siguió bebiendo y alguien tuvo que venderle el alcohol. El Estado abandonó ese mercado y el crimen organizado lo ocupó.

Capone entendió antes que muchos juristas una regla elemental de economía: cuando existe una demanda masiva y se prohíbe la oferta, el negocio no necesariamente desaparece. Se vuelve clandestino. Y cuando se vuelve clandestino, aumenta el riesgo, suben los márgenes y la violencia reemplaza a los tribunales como mecanismo para resolver las controversias comerciales.

Por eso Al Capone podía comprar policías, funcionarios, jueces y voluntades. La prohibición que pretendía destruir el vicio había contribuido a financiar al delincuente encargado de abastecerlo.

Cuatro años antes, el mismo Brian De Palma había llevado al cine la misma temática. Corría 1983 y su película Caracortada, ambientada en los albores de los años ’80 contó con las actuaciones protagónicas del siempre eficiente Al Pacino, Steven Bauer y Michelle Pfeiffer.

En Caracortada ya no estamos en Chicago sino en Miami. Ya no hay whisky sino cocaína. Al Capone se llama ahora Tony Montana. Los trajes han cambiado, las armas son mejores y las cantidades de dinero son obscenas. Pero la película, en algún sentido, es la misma.

Hay una sustancia que millones de personas quieren consumir. El Estado decide que nadie puede venderla. Alguien la vende de todos modos. Como no existen contratos exigibles, tribunales comerciales ni mecanismos legales para resolver las disputas, las reglas se escriben con sangre.

Casi un siglo después de Al Capone, seguimos viendo la misma película.

En Chile tenemos nuestra propia versión. Se llama Ley 20.000.

Llevamos años incautando drogas, allanando viviendas, encarcelando traficantes, desbaratando bandas y anunciando golpes históricos al narcotráfico. Y, sin embargo, el crimen organizado parece cada vez más poderoso, más sofisticado y mejor financiado.

Quizás ha llegado el momento de formular una pregunta incómoda: ¿y si estamos librando una guerra que, planteada en estos términos, no puede ganarse?

No porque el Estado deba rendirse frente al narcotráfico. Precisamente por lo contrario: porque quizá debería dejar de regalarle su principal fuente de financiamiento.

El narcotráfico no fabrica solamente droga. Fabrica dinero. Muchísimo dinero.

Y ese dinero existe, en buena medida, porque la mercancía es ilegal. El precio incorpora clandestinidad, riesgo, intermediarios, corrupción, protección y violencia. Una sustancia cuyo costo de producción puede ser relativamente bajo adquiere un valor extraordinario a medida que atraviesa fronteras y redes clandestinas hasta llegar al consumidor.

Ese margen financia armas, sicarios, vehículos, abogados, corrupción, lavado de activos y expansión territorial. También compra algo particularmente peligroso: jóvenes. Porque para determinados jóvenes el narcotráfico no se presenta como una discusión académica sobre política criminal. Se presenta como una posibilidad concreta de ascenso: Dinero, autos, ropa, poder, respeto, pertenencia.

Mientras nuestra sociedad convencional fomenta el esfuerzo y el estudio como vehículo para alcanzar un trabajo y movilidad social, el narcotráfico exhibe una versión inmediata —brutal y frecuentemente efímera— del éxito.

Si pretendemos competir contra eso exclusivamente con policías, fiscales y cárceles, hay algo que no cuadra.

Estados Unidos necesitó trece años para comprenderlo con el alcohol. La Ley Seca no terminó porque los norteamericanos descubrieran súbitamente que beber era saludable. Terminó porque comprendieron que una cosa era reprobar moralmente el alcohol y otra muy distinta entregar su mercado completo a los gánsteres.

En 1933 derogaron la prohibición. No desapareció el alcoholismo. Tampoco desaparecieron los borrachos ni los accidentes ni las enfermedades asociadas al consumo. Pero desapareció una circunstancia decisiva: Al Capone dejó de tener el monopolio jurídico de facto sobre un producto que millones de personas querían comprar.

Con las drogas seguimos atrapados en otra lógica, probablemente porque hemos contaminado la discusión con esa maldita moralidad de cada día que tantas veces reemplaza al análisis de las consecuencias.

Preguntar si determinada droga debería ser regulada no equivale a recomendar su consumo. Del mismo modo que permitir la venta de whisky no constituye una campaña pública a favor del alcoholismo.

Legalizar, despenalizar, regular y tolerar son conceptos diferentes. Las sustancias también son diferentes y sus riesgos son diferentes. Nadie razonable propondría tratarlas a todas de la misma manera.

Precisamente por eso necesitamos discutirlas, pero preferimos mirar hacia otro lado.

Repetimos que hay que aumentar las penas. Más controles. Más incautaciones. Más cárceles. Más policías. Capturamos a un jefe y celebramos su caída mientras otro ocupa el territorio que dejó disponible, porque el negocio continúa allí, intacto, esperando un nuevo administrador.

La demanda permanece. Y mientras así sea, alguien venderá.

¿Quién se beneficia de que nada cambie?

La respuesta más sencilla sería imaginar alguna organización secreta moviendo los hilos. Probablemente no sea necesario.

Los sistemas también desarrollan intereses e inercias. Alrededor de una guerra que dura décadas se construyen instituciones, presupuestos, burocracias, industrias de seguridad, discursos políticos y carreras profesionales. Y, en el otro extremo, quienes más necesitan que la prohibición continúe son precisamente aquellos a quienes supuestamente queremos destruir: Los narcotraficantes.

Porque ellos saben perfectamente algo que nosotros insistimos en olvidar: el dinero negro es extraordinariamente rentable precisamente porque es negro.

Quizás combatir seriamente al crimen organizado exige algo bastante más audaz que detener narcotraficantes. Exige quitarles el negocio.

Determinar qué sustancias pueden ser objeto de modelos diferentes de regulación, cuáles requieren prohibiciones estrictas, cómo controlar la producción y distribución, cómo tratar sanitariamente al consumidor problemático, cómo perseguir con enorme severidad el tráfico hacia menores, el lavado de activos, la violencia, las armas y la corrupción.

No sería rendirse. Sería cambiar de estrategia.

Eliot Ness podía derribar una puerta, interceptar un cargamento y encarcelar a un contrabandista. Lo que no podía hacer era detener a millones de estadounidenses que querían seguir tomando whisky.

Tony Montana aprendió la misma lección medio siglo después, pero con cocaína.

Nosotros tenemos todavía la oportunidad de aprenderla sin esperar otra película.

Chicago: Al Capone, prohibición, dinero, corrupción, violencia.

Miami: Tony Montana, prohibición, dinero, corrupción, violencia.

Chile: Ley 20.000, prohibición, dinero, corrupción, violencia.

Ha pasado casi un siglo, que poco hemos aprendido.

Tal vez la pregunta ya no sea cuánto más debemos endurecer la guerra contra las drogas.

Tal vez sea otra.

¿Cuántas veces necesitamos ver la misma película para atrevernos a cambiar el guión?

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