Cartas al Director
El promedio que le falta a las 40 horas
La propuesta no aumenta el máximo semanal de 52 horas ni el total anual trabajado, sino que busca calcular el promedio de la jornada de 40 horas en períodos más extensos. Sus defensores sostienen que una distribución pactada permitiría adaptarse a ciclos productivos estacionales, dar mayor autonomía a los trabajadores, reducir el uso de horas extraordinarias y favorecer la estabilidad del empleo.

Se ha sentado la idea que la discusión sobre el promedio de 52 horas se ha planteado como si alguien quisiera hacernos trabajar más. No es así. La propuesta de la Mesa de Reactivación no sube el tope semanal de 52 horas que ya existe hoy ni aumenta el total de horas al año. Propone algo más simple: permitir que el promedio de 40 horas se calcule en una ventana más larga —15 semanas, el promedio OCDE, o hasta 1 año, como en Alemania u Holanda— en lugar de las cuatro semanas que hoy fija la ley. Dicho de otro modo, las mismas horas, distribuidas con inteligencia.
Aquí está el punto que la ley de 40 horas pasó por alto: el trabajo no es uniforme. Hay cosechas, hay Navidad, hay temporadas altas y meses muertos. Una vendimia no espera a que termine el ciclo de 4 semanas; el comercio no vende igual en diciembre o mayo que en agosto. Obligar a que cada bloque de 4 semanas cuadre en el mismo molde no protege al trabajador, sino que todo lo contrario: lo empuja a horas extra caras, a contratos a plazo fijo o, derechamente, bajar dotación en temporadas bajas.
La ley de 40 horas nació con una buena intención y una ejecución rígida. Redujo la jornada —de 45 a 42 hoy, camino a 40 en 2028— pero trató a todos los sectores como si fueran uno solo. La minería, el agro, el retail y una oficina no respiran al mismo ritmo, y sin embargo se les pide el mismo calendario. Rigidez no es sinónimo de protección; a veces es lo contrario.
Y hay algo que la ley no considera: la autonomía del trabajador. Se ha legislado como si el trabajador fuera un objeto a proteger y no un adulto capaz de decidir. Muchos preferirían concentrar horas en una parte del año para tener semanas más libres en otra: estudiar, cuidar a alguien, emprender en paralelo o agendar períodos de descanso más prolongados. La jornada idéntica, semana a semana, les niega esa posibilidad en nombre de cuidarlos. Se protege al trabajador de una flexibilidad que, en muchos casos, él mismo busca o añora.
Y esto no significa abrir la puerta a los abusos. El tope de 52 horas semanales se mantiene, y con él el límite real a las jornadas extenuantes. Lo que cambia no es cuánto se trabaja, sino cuándo. Y ese “cuándo” puede pactarse: la flexibilidad seria es la que se acuerda, con registro de jornada y con la posibilidad de que el trabajador diga que no.
Se dirá que en un país con 9,4% de desempleo —el más alto en casi 5 años— no es momento de tocar la jornada. Es exactamente al revés. Cuando contratar es caro y la demanda es estacional, la rigidez se paga con empleo que no se crea. Promediar las horas en un plazo mayor le da a una empresa la opción de retener a su gente en la temporada baja en vez de desvincularla. La flexibilidad, bien diseñada, es también una política de empleo.
40 horas está bien como promedio. El error pasa por haberlas congelado en una sola semana. Corregirlo no es retroceder: es reconocer que el trabajo real no cabe en un calendario idéntico para todos, y que el trabajador tiene algo que decir sobre cómo organiza su propio tiempo.
Bárbara Zlatar
Socia del área Laboral de Cariola Díez Pérez-Cotapos
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