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Opinión

El secreto de confesión en entredicho

De ser eliminado el secreto de confesión se elimina también la misma confesión: ¿quién querrá confesarse de algo sabiendo que puede ser acusado por ese sacerdote ante otras personas (incluso ante la Justicia, en los casos más graves)?

Por Javiera Corvalán·29 de mayo de 2019·5 min de lectura
imagen: ellibero.cl
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Es fácil imaginarlo de ese modo: El sacramento de la confesión consistiría en algo así como un espacio para que los delincuentes alardeen frente a un clérigo de los propios crímenes, mientras se deleitan con sorna en el manto de impunidad que concede una instancia como esa: tan sagrada, tan macabra. La confesión y su sigilo (conocido como “secreto de confesión”) serían, así, la guarida perfecta para el doblez y el encubrimiento. ¿Cómo la ley va a abstenerse de allanar esa guarida de ladrones?

Si eso fuera la confesión, efectivamente sería absurdo defender su sigilo esgrimiendo como argumento la necesidad de respetar la libertad religiosa. Y es que esta última no es un bolsillo de payaso en que quepa todo tipo de creencias y prácticas absurdas e injustas, incuestionables por el solo hecho de que alguien “las crea en conciencia”.

Sin embargo, el sacramento de la confesión nada tiene que ver con dicha caricatura. Los católicos reconocemos en él un signo sensible instituido por Jesucristo para el perdón de los pecados, al que hemos de aproximarnos, “sin trucos (…), con mansedumbre y con alegría, confiados y armados con aquella bendita vergüenza, la virtud del humilde que nos hace reconocernos como pecadores”, en palabras del Papa Francisco. La Iglesia llama a los creyentes a acercarnos al sacramento con un corazón contrito y un auténtico propósito de enmienda. Es por esto último que el sacerdote, cuando oye en confesión un pecado que es al mismo tiempo delito, debe incitar al penitente a reparar el daño causado y a entregarse a la justicia (que es distinto a denunciarlo él mismo, cosa que atentaría contra el propio sacramento, según veremos más adelante).

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