Cartas al Director
Marjane Satrapi y el cisne de miga de pan: libertad de expresión y prevención de la tortura
A propósito del fallecimiento de Marjane Satrapi, la columna reflexiona sobre el vínculo entre libertad de expresión, censura y prevención de la tortura, destacando cómo Persépolis transformó la memoria de la represión iraní en un relato universal sobre la dignidad humana y el valor de contar aquello que los regímenes buscan silenciar.

El 4 de junio de 2026 murió en París, a los 56 años, la autora y cineasta franco-iraní Marjane Satrapi. Su familia no ofreció diagnósticos: comunicó que murió «de tristeza», un año después de perder a su marido. Pocas veces una causa de muerte declarada ha sido tan coherente con una obra.
Satrapi dedicó su vida a demostrar que las verdades que la medicina, el derecho y la política no saben nombrar pueden, al menos, dibujarse.
Persépolis, publicada entre 2000 y 2003, contó en blanco y negro la infancia de una niña en Teherán, entre la caída del Sha y la guerra con Irak. Heredera confesa de Maus, de Art Spiegelman, hizo algo que la novela gráfica no había logrado con esa precisión: narrar la tortura a la altura de los ojos de una niña.
El tío Anush, preso político, regresa de la cárcel con cisnes moldeados en miga de pan. Siamak y Mohsen, liberados, relatan el suplicio de Ahmadi, que no volvió. No hay sangre en esas páginas: hay tinta negra y espacio en blanco, y en ese vacío el lector pone lo que los regímenes quisieran que nadie imaginara.
En 2007, Satrapi llevó la obra al cine junto a Vincent Paronnaud: Premio del Jurado en Cannes y nominación al Óscar. No fue un episodio aislado sino el inicio de un oficio: dirigió después Pollo con ciruelas, The Voices y Radioactive, su biografía de Marie Curie, otra mujer incómoda para las instituciones de su tiempo.
La censura acompañó la obra como una sombra fiel. El gobierno iraní protestó por la selección de la película en Cannes; Líbano la prohibió antes de retroceder ante el escándalo; en 2013, las escuelas públicas de Chicago retiraron el libro de sus aulas invocando, precisamente, sus escenas de tortura. Una obra sobre la censura pasó dos décadas comprobando su propia tesis. Y la ironía de Chicago es exacta: censurar la representación de la tortura es la versión blanda del mismo silencio que la hace posible.
Porque la censura y la tortura comparten hábitat: el silencio. El derecho internacional tardó décadas en codificar esa intuición, pero la codificó.
En el sistema universal, el artículo 19 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos protege la libertad de buscar, recibir y difundir información, y el Comité de Derechos Humanos ha subrayado —Observación General N° 34, de 2011— que su libre circulación es condición del control ciudadano sobre la actuación estatal.
Pero fue el sistema interamericano el que llevó la regla a su forma más categórica. El artículo 13 de la Convención Americana prohíbe la censura previa y solo admite responsabilidades ulteriores, una severidad sin paralelo en otros tratados, fundada tempranamente por la Corte Interamericana al calificar la libertad de expresión como piedra angular de la sociedad democrática (OC-5/85).
No es casual que la primera condena de la Corte por censura previa haya recaído sobre una película: La Última Tentación de Cristo (Olmedo Bustos y otros vs. Chile, Serie C N° 73, 2001), cuyo cumplimiento exigió la reforma constitucional de 2001 —Ley N° 19.742—, que sustituyó la censura cinematográfica por un sistema de calificación. Esa severidad regional no es un capricho redaccional: es memoria. América Latina aprendió que la censura nunca llega sola. Detrás del lápiz que tacha vienen, tarde o temprano, el calabozo y la picana.
La tortura es, ante todo, una política del silencio: ocurre en lugares cerrados, se ejecuta sin testigos y sobrevive gracias al secreto. Por eso la pieza más original que el sistema universal aportó a su erradicación —el Protocolo Facultativo de la Convención contra la Tortura y sus mecanismos nacionales de prevención, que visitan cárceles, comisarías y hospitales psiquiátricos— descansa en una idea de simplicidad casi artesanal: abrir puertas, mirar, registrar, contar. La libertad de expresión es la otra mitad de ese dispositivo. De nada sirve que alguien vea si nadie puede decir lo que vio.
Persépolis hizo por la memoria iraní lo que los órganos de visita hacen por las celdas: entró donde no se podía entrar y volvió con un relato humano, verificable, imposible de desmentir con propaganda. Satrapi explicó que su propósito era que el lector occidental comprendiera que los iraníes son seres humanos como cualquier otro. Esa frase, que parece modesta, toca el fundamento de la prevención: la deshumanización es la condición que habilita y normaliza el tormento, y el relato que rehumaniza es su antídoto más antiguo.
En 2023, Satrapi volvió sobre su país para dirigir Mujer, Vida, Libertad, obra coral sobre la revuelta encendida por la muerte de Mahsa Amini bajo custodia policial: una muerte en detención, es decir, el objeto preciso de todo mecanismo de prevención de la tortura. El círculo de su obra se cerró donde había comenzado.
En la celda, a Anush solo le quedaba el pan, y con él hizo un cisne. A Satrapi solo le quedaba la tinta, y con ella hizo Persépolis. La tortura necesita oscuridad y silencio; contra ella el derecho ha levantado tratados, relatorías y visitas. Pero conviene no olvidar la lección de esta mujer que murió de tristeza y no de miedo: todavía no se ha inventado una censura capaz de detener a una niña que dibuja.
Daniel Soto Muñoz
Abogado
Doctor en Procesos e Instituciones Políticas
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