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Tecnología y derecho

La inteligencia artificial redefine la abogacía: del abogado enciclopedista al intérprete estratégico

El avance de la IA no elimina la profesión jurídica, pero transforma profundamente su ejercicio, desplazando el valor desde la acumulación de conocimiento hacia el criterio, la interpretación y las habilidades humanas.

Por Elke von Loebenstein·28 de abril de 2026·3 min de lectura
La inteligencia artificial redefine la abogacía: del abogado enciclopedista al intérprete estratégico
Imagen referencial

Las transformaciones tecnológicas han marcado históricamente la evolución de las profesiones, desde la aparición de la escritura hasta la irrupción de internet. Sin embargo, algunas innovaciones no solo modifican la forma de ejercer una actividad, sino que alteran sus bases estructurales. En este contexto, la inteligencia artificial se posiciona como una de las transformaciones más profundas en la historia de la abogacía.

A diferencia de cambios graduales, la inteligencia artificial introduce una ruptura significativa en la forma en que se concibe y ejerce el derecho. Lejos de significar el fin de la profesión, su irrupción obliga a replantear el rol del abogado y a preguntarse qué tipo de profesional emerge en este nuevo escenario.

Durante siglos, el modelo dominante del jurista estuvo asociado a la acumulación de conocimiento. El abogado enciclopedista, capaz de dominar normas, doctrina y jurisprudencia, era funcional a un mundo donde la información era escasa y de difícil acceso. Sin embargo, ese paradigma está en retirada.

La inteligencia artificial, capaz de procesar grandes volúmenes de datos y entregar respuestas en segundos, ha democratizado el acceso al conocimiento jurídico. Este fenómeno no elimina el valor del saber, pero lo redefine: ya no radica en encontrar información, sino en interpretarla, jerarquizarla y asumir responsabilidad por su uso. El abogado pasa así de ser un acumulador de datos a un intérprete del derecho en contextos complejos.

Uno de los efectos más visibles de esta transformación es la homogeneización técnica. Herramientas basadas en inteligencia artificial permiten que profesionales con distintos niveles de experiencia produzcan documentos de calidad formal similar. No obstante, lejos de eliminar las diferencias, esto desplaza el factor diferenciador hacia el criterio: la capacidad de comprender el contexto, anticipar riesgos y sostener estrategias en escenarios inciertos.

En este nuevo escenario, también se modifica la lógica tradicional del trabajo jurídico. Durante décadas, el tiempo fue el principal parámetro de valoración del servicio legal. Hoy, cuando tareas que antes requerían días pueden resolverse en minutos, el valor se traslada hacia la capacidad de prevenir conflictos, diseñar soluciones y tomar decisiones informadas. Se abre así paso a modelos de honorarios basados en valor, resultados o complejidad, más que en horas trabajadas.

Pese al avance tecnológico, el ejercicio de la abogacía mantiene un núcleo esencialmente humano. La negociación, la argumentación oral, la interacción con clientes y la lectura del contexto no son plenamente automatizables. En ese sentido, mientras la inteligencia artificial puede asistir en la producción jurídica, la abogacía sigue siendo un arte que requiere habilidades relacionales, empatía y juicio situacional.

Asimismo, la incorporación de estas herramientas no elimina la responsabilidad profesional, sino que la intensifica. El abogado sigue siendo quien responde por las decisiones adoptadas, lo que exige nuevas competencias como la verificación de información, la detección de sesgos y la evaluación crítica de las soluciones propuestas por sistemas inteligentes.

El impacto también alcanza la formación jurídica. Tradicionalmente, los abogados adquirían experiencia mediante tareas iniciales que hoy pueden ser realizadas por inteligencia artificial. Esto obliga a replantear los procesos de enseñanza, promoviendo desde etapas tempranas el pensamiento crítico, la estrategia y la capacidad de comunicación, en lugar de centrarse exclusivamente en la memorización de normas.

En este contexto, las facultades de derecho enfrentan el desafío de adaptar sus programas formativos a una realidad en transformación, integrando herramientas tecnológicas sin abandonar la base teórica, pero enseñándola desde nuevas perspectivas.

Así, la inteligencia artificial no reemplaza al abogado, pero redefine su perfil: menos enciclopedista y más intérprete; menos ejecutor y más estratega; menos acumulador de información y más constructor de sentido. En un entorno donde las máquinas procesan datos, el valor humano se concentra en aquello que no puede ser completamente automatizado: el contexto, la prudencia, la responsabilidad y la relación.

Lejos de debilitar la profesión, esta transformación puede fortalecerla, aunque solo para quienes comprendan que el verdadero desafío no es tecnológico, sino profundamente profesional y humano.

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