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Asuntos de Interés Público

Justicia y literatura

La contradicción de la justicia quijotesca

Don Quijote defendía elevados principios de justicia, pero sus intervenciones, realizadas al margen de la ley, muchas veces terminaban agravando los conflictos que intentaba resolver.

Por Elke von Loebenstein·28 de julio de 2026
La contradicción de la justicia quijotesca
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Javier Nistal Burón analiza la contradicción entre los ideales de justicia defendidos por don Quijote y las consecuencias negativas de sus actos.

El oxímoron es una figura retórica que combina dos conceptos de significado opuesto para crear un nuevo sentido, como ocurre con expresiones tales como “un instante eterno”, “un silencio atronador” o “un secreto a voces”.

En esa figura podría encajar la denominada “locura cuerda” de don Quijote, especialmente en lo relacionado con la justicia. El célebre caballero andante sostenía elevados ideales sobre lo justo y lo correcto, pero muchas veces actuaba de una manera contraria a aquello que predicaba, generando una evidente distancia entre sus palabras y sus hechos.

Don Quijote tenía un profundo sentido de la justicia y agradecía al cielo haber recibido un ánimo bondadoso y compasivo, inclinado a hacer el bien a todos y daño a ninguno, según expresa en el capítulo XXV de la Segunda Parte de la obra.

Asimismo, afirmaba estar siempre dispuesto a defender a las doncellas, proteger a las viudas y auxiliar a los huérfanos y a las personas necesitadas. Precisamente, esa voluntad de ayudar a los más débiles era una de las razones por las que se había convertido en caballero andante, como se señala en el capítulo XI de la Primera Parte.

El ingenioso hidalgo llegó incluso a considerarse un ministro de Dios en la tierra y el instrumento mediante el cual se ejecutaba su justicia, de acuerdo con el capítulo XIII de la Primera Parte. De esa manera, se veía a sí mismo como la esperanza de aquellas personas que habían dejado de confiar en la justicia ordinaria.

Esta idea aparece también en el capítulo XXXVI de la Segunda Parte, donde se sostiene que quienes se encontraban profundamente afligidos y desconsolados buscaban antes la ayuda de los caballeros andantes que la protección de los mecanismos ordinarios de justicia.

Su espíritu justiciero lo llevó a ejercer una profesión cuya finalidad, según sus propias palabras, era ayudar a quienes tenían poco poder, vengar los agravios y castigar las traiciones, como se expresa en el capítulo XVII de la Primera Parte.

A ello se sumaba su propósito de perdonar a los humildes y castigar a los soberbios, mencionado en el capítulo LII de la Segunda Parte, además de ofrecer su brazo en las aventuras más peligrosas para auxiliar a los débiles y necesitados, conforme al capítulo XIII de la Primera Parte.

Para alcanzar esos propósitos, don Quijote no dudaba en enfrentarse a todo aquello que consideraba arbitrario, injusto o abusivo.

Las expresiones más importantes de su concepción teórica de la justicia se encuentran en los consejos que entregó a su fiel escudero Sancho Panza antes de que este asumiera el gobierno de la denominada “Ínsula Barataria”, relatados en el capítulo XLII de la Segunda Parte.

En esas recomendaciones abordó materias que actualmente se relacionan con la seguridad jurídica, la igualdad ante la ley, la objetividad, la imparcialidad, la necesidad de fundamentar las decisiones, la compasión, la misericordia, la equidad, la cortesía y el respeto hacia los gobernados.

Los razonamientos de don Quijote sobre el valor de la justicia resultan impecables tanto desde una perspectiva jurídica como ética. Sin embargo, una cosa era lo que decía y otra muy distinta lo que hacía.

La concepción teórica que defendía se veía contradicha por actuaciones basadas en principios y valores muy diferentes de aquellos que proclamaba. Como resultado, sus intervenciones terminaban generando auténticas injusticias.

Esta contradicción plantea la interrogante de cómo un personaje capaz de expresarse con tanta sabiduría, sensatez y rectitud sobre lo justo y lo injusto podía actuar, al mismo tiempo, de una manera insensata, imprudente e irresponsable.

La explicación se encuentra en que don Quijote se consideraba por encima de la ley cuando esta no garantizaba aquello que él entendía personalmente como justo y correcto.

En esos casos, reemplazaba la ley por su propia visión de la justicia y mostraba un profundo desprecio por la autoridad, a la que se enfrentaba con frecuencia, como se observa en el capítulo XLV de la Primera Parte.

Esta actitud se debía a la desconfianza absoluta que sentía hacia quienes administraban justicia. En distintos pasajes de la obra se alude a la arbitrariedad y corrupción que, a su juicio, afectaban a las autoridades encargadas de aplicarla, como ocurre en el capítulo XXII de la Primera Parte.

Por ese motivo, don Quijote era partidario de actuar al margen de la ley e imponer directamente su propia justicia, sin esperar la intervención de las instituciones. No estaba dispuesto a resignarse ni a permanecer indiferente frente a las injusticias que observaba a su alrededor.

Así, no dudaba en levantar por iniciativa propia la bandera de la justicia y recurrir incluso a la fuerza de las armas, aunque sus intervenciones casi siempre producían consecuencias contraproducentes.

Dos episodios de la obra permiten apreciar especialmente la imprudencia de don Quijote al aplicar su particular concepto de justicia.

El primero es el caso de Andrés, relatado en el capítulo IV de la Primera Parte. En él, don Quijote encuentra a un joven criado atado a una encina mientras su amo, Juan Haldudo, lo azota.

El caballero interviene, libera al muchacho y se retira del lugar convencido de haber hecho justicia. Sin embargo, después de su partida, el amo vuelve a golpear al joven con mayor fuerza y violencia.

La actuación de don Quijote, por tanto, no solucionó el problema, sino que agravó la situación de Andrés. El propio joven tuvo posteriormente la oportunidad de encontrarse nuevamente con el caballero y le reprochó las consecuencias de su desafortunada intervención, como se relata en el capítulo XXXI de la Primera Parte.

El segundo ejemplo corresponde al conocido episodio de los galeotes, recogido en el capítulo XXII de la Primera Parte.

En esa ocasión, don Quijote libera a un grupo de delincuentes que eran trasladados bajo custodia. Justifica su decisión afirmando que, como ellos no habían cometido ningún delito contra los guardias que los vigilaban, no correspondía que estos actuaran como sus verdugos en un asunto que no les afectaba personalmente.

La consecuencia inmediata de esa liberación indebida fue que los propios galeotes terminaron apedreando a quien los había puesto en libertad, pese al beneficio que les había otorgado.

El oxímoron de la justicia quijotesca demuestra que la justicia no puede alcanzarse mediante la transgresión de las leyes. Aunque la justicia humana esté lejos de ser perfecta, resulta aún peor que cada individuo decida aplicarla por su propia mano, incluso cuando sus propósitos sean altruistas y desinteresados.

La justicia debe garantizarse a través de los mecanismos adecuados, pues no es posible combatir las injusticias creando otras nuevas.

No obstante, en defensa de don Quijote, debe reconocerse que lo verdaderamente valioso de sus acciones fue su permanente negativa a resignarse frente a la injusticia. Probablemente, permanecer indiferente ante ella habría constituido una forma de locura todavía más grave.

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