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Asuntos de Interés Público

Principios para la vida cotidiana

Cinco leyes universales para enfrentar problemas y tomar mejores decisiones

La Ley de Murphy, la Ley de Kidlin, la Ley de Wilson, la Ley de Gilbert y la Ley de Falkland reúnen enseñanzas sobre prevención de riesgos, claridad mental, inversión en conocimiento, responsabilidad personal y prudencia al decidir. Aunque no constituyen normas jurídicas ni científicas, sus postulados ofrecen herramientas aplicables a la vida personal y laboral.

Por Elke von Loebenstein·08 de agosto de 2026·6 min de lectura
Imagen: ChatGPT/Elke
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A lo largo del tiempo se han formulado diversas reglas no escritas que condensan enseñanzas de alcance universal y que pueden aplicarse a múltiples ámbitos de la vida cotidiana. Basadas en observaciones comunes y atribuidas a pensadores, investigadores y personajes provenientes de distintas disciplinas, estas máximas ofrecen orientaciones sobre la prevención de riesgos, la resolución de problemas, el conocimiento, la responsabilidad personal y la toma de decisiones.

Entre ellas se encuentra la denominada Ley de Murphy, sintetizada en la frase: “Si algo puede salir mal, saldrá mal”. Su formulación se atribuye al ingeniero aeroespacial estadounidense Edward A. Murphy Jr. y habría surgido durante experimentos realizados con cohetes en 1949, luego de que un técnico instalara incorrectamente sensores destinados a medir la fuerza G.

Al advertir el error, Murphy habría señalado que, si existe más de una manera de realizar una tarea y una de ellas puede provocar un resultado catastrófico, alguien terminará ejecutándola de esa forma. Aquella observación se convirtió en la base de la regla que posteriormente llevaría su apellido.

La Ley de Murphy plantea que, en escenarios complejos, es probable que se produzcan problemas imprevistos, por lo que invita a anticiparlos y planificar adecuadamente para reducir los riesgos. Aunque no constituye una ley científica formal, representa una observación pragmática sobre los contratiempos y los errores humanos, cuya utilidad radica en ayudar a las personas a prepararse frente a posibles fallas, tanto en los entornos laborales como personales.

La máxima no solo destaca la inevitabilidad de ciertos errores, sino que también subraya la importancia de organizarse y prepararse para lo inesperado. Una de las frases atribuidas a su autor señala: “Si hay más de una manera de hacer algo, y una de esas maneras puede resultar en un desastre, alguien lo hará de esa manera”.

Otro de estos principios es la Ley de Kidlin, expresada en la idea de que “si escribes un problema de forma clara y específica, habrás resuelto la mitad”. El concepto se inspira en la novela King Rat, escrita por James Clavell, y se presenta como una herramienta para abordar y resolver problemas complejos, tanto en el ámbito del marketing como en la vida diaria.

Kidlin es un personaje ficticio de la obra de Clavell, cuyo enfoque para enfrentar los desafíos habría dado origen a esta regla. Su planteamiento consiste en que el primer paso para solucionar una dificultad es escribirla de forma clara, concreta y concisa, evitando formulaciones vagas o excesivamente generales.

El método propone descomponer el problema en partes más pequeñas y simples, con el objeto de facilitar su comprensión. A partir de ese ejercicio, es posible formular distintas alternativas de solución, fomentar la creatividad y mantener una mentalidad abierta. Posteriormente, deben seleccionarse las opciones más adecuadas atendiendo a su viabilidad, eficacia y demás elementos relevantes, para finalmente implementarlas y supervisar sus resultados.

La frase “la claridad en el pensamiento precede a la claridad en la acción” resume esta concepción. El acto de escribir obliga a estructurar las ideas, lo que facilita la identificación de las causas del problema y de sus posibles soluciones.

La denominada Ley de Wilson, en tanto, sostiene que “si priorizas el conocimiento y la inteligencia, el dinero seguirá llegando”. Inspirada en las reflexiones del economista y sociólogo E.O. Wilson, la regla resalta el conocimiento como uno de los recursos más valiosos y subraya la importancia de las habilidades y del intelecto para alcanzar el progreso.

El principio destaca el valor del capital intelectual y su relación con el éxito financiero. Su idea central consiste en que las oportunidades económicas pueden surgir como una consecuencia natural de invertir en educación, aprendizaje permanente y desarrollo de competencias.

Esta lógica puede observarse en aquellas empresas que destinan recursos a la capacitación continua de sus trabajadores, las que tienden a obtener mejores resultados. Un ejemplo se encuentra en grandes compañías tecnológicas que promueven la innovación mediante programas de desarrollo profesional.

La máxima atribuida a la Ley de Wilson sostiene que “el verdadero capital es el capital intelectual, no el financiero. Este último es un resultado del primero”. Se trata, por tanto, de un recordatorio acerca de la importancia de invertir en la educación y en el perfeccionamiento personal como caminos hacia un éxito sostenible.

La Ley de Gilbert, por su parte, plantea que “cuando asumes una tarea, encontrar las mejores maneras de lograr el resultado deseado siempre es tu responsabilidad”. Su autoría implícita se atribuye al psicólogo social Daniel T. Gilbert, conocido por sus investigaciones sobre la felicidad y la toma de decisiones.

Aunque esta formulación no aparece expresamente en sus obras, representa un principio ético de alcance general relacionado con la responsabilidad personal en el cumplimiento de las tareas. La regla pone énfasis en la necesidad de asumir las consecuencias del propio trabajo y buscar la excelencia en su ejecución.

Su aplicación no se limita a cumplir con una labor asignada, sino que exige identificar de manera proactiva las mejores prácticas, procedimientos y métodos disponibles. Al adoptar esta mentalidad, tanto las personas como los equipos pueden mejorar su rendimiento y contribuir a la formación de culturas organizacionales más eficaces y dinámicas.

La Ley de Gilbert también se relaciona con principios de ética laboral promovidos por W. Edwards Deming, pionero en materia de gestión de calidad y figura relevante en la reconstrucción de Japón después de la Segunda Guerra Mundial. Sus planteamientos influyeron en las actuales prácticas de mejora continua.

Una de las frases asociadas a esta regla expresa que “el éxito no es la clave de la felicidad. La felicidad es la clave del éxito. Si amas lo que haces, encontrarás el mejor camino para lograrlo”. De este modo, el principio recuerda que el compromiso con la excelencia personal constituye un elemento esencial para cumplir adecuadamente cualquier tarea asumida.

Finalmente, la Ley de Falkland sostiene que “si no tienes que tomar una decisión, no la tomes”. Esta regla se atribuye a William Falkland, quien habría advertido que las acciones innecesarias suelen provocar más problemas de los que resuelven.

El principio se relaciona con teorías contemporáneas sobre la toma de decisiones, que recomiendan reunir antecedentes suficientes antes de actuar. Promueve una actitud reflexiva y sugiere que, cuando las circunstancias lo permiten, es preferible esperar hasta contar con la información necesaria para adoptar una determinación fundada.

La Ley de Falkland destaca la paciencia y la moderación, planteando que una decisión puede posponerse mientras no exista una necesidad inmediata de resolver o mientras todavía sea posible obtener más información relevante.

Este principio también se vincula con el fenómeno psicológico conocido como “fatiga por decisiones”, que se produce cuando la multiplicidad de alternativas termina afectando o paralizando la capacidad de elegir. Al evitar decisiones innecesarias, las personas pueden proteger su bienestar emocional y reservar su capacidad de análisis para situaciones verdaderamente relevantes.

La regla puede aplicarse tanto en la vida personal como en el ámbito empresarial. La frase “la indecisión puede ser una virtud si las circunstancias permiten reflexionar antes de actuar” resume la importancia que asigna a la prudencia, especialmente frente a decisiones estratégicas.

Estas cinco máximas contienen enseñanzas que trascienden la aparente simplicidad de sus formulaciones. La preparación frente a lo inesperado, la claridad para definir los problemas, la inversión en conocimiento, el compromiso con la excelencia y la prudencia al decidir constituyen herramientas útiles para enfrentar desafíos cotidianos.

La adopción de estos principios puede contribuir no solo a mejorar la capacidad de resolver dificultades, sino también a desarrollar una forma de pensamiento más reflexiva, organizada y estratégica. Como expresa una de las frases asociadas a la Ley de Wilson: “El conocimiento no tiene límites; la recompensa siempre llega al que lo busca”.

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