Académicos destacados
Hombre de Estado
Pablo Rodríguez Grez: El jurista que marcó medio siglo de vida política y legal en Chile, por José Ignacio Vásquez
Fallece a los 87 años el destacado abogado, académico y líder nacionalista, dejando un legado que abarca desde el derecho civil hasta la teoría política.

La figura extraordinaria de Pablo Rodríguez Grez marcó la vida jurídica y política de Chile durante más de cincuenta años, desde 1970 hasta las primeras décadas del siglo XXI. Su legado, ampliamente reconocido, lo sitúa entre los juristas más influyentes de los siglos XX y XXI. Su ejemplo en el ámbito político —en la teoría y en la praxis—, pese a no haber ejercido nunca un cargo público, lo elevó a la categoría de hombre de Estado. A ello se sumó su bonhomía y cercanía en el trato personal, rasgos que lo convirtieron en un amigo entrañable para quienes compartieron con él.
Hablar de Pablo Rodríguez no es solo referirse al principal líder nacionalista chileno del siglo XX —junto a Jorge Prat Echaurren y Guillermo Izquierdo Araya— ni al autor de una obra política y doctrinaria fundamental. Es también hablar del jurista profundo, más que del abogado litigante; del prestigioso académico, del estudioso riguroso del derecho civil, del autor prolífico, del brillante litigante de corte y del gran orador. Como decía una expresión homérica que él apreciaba: kai nómon egno, conoció el nomos, el derecho, tal como reza el epitafio de un notable jurista alemán cuya obra él veneraba.
Rodríguez Grez nació con una vocación jurídica definida. Estudió en el Internado Nacional Barros Arana y luego ingresó a la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile en 1956 con la convicción de ser abogado: “Nunca se me pasó por la mente otra profesión. Esa era mi obsesión: ser abogado”. Aun en momentos difíciles, como la muerte de su padre, mantuvo su compromiso con el estudio: rindió un examen al día siguiente y obtuvo la máxima distinción. Su excelencia académica fue coronada con el Premio Montenegro al mejor egresado de su generación. Antes de cumplir 25 años ya impartía clases de Introducción al Derecho y luego de Derecho Civil en su alma máter, ámbitos en los que brilló por igual.
Contribuyó decisivamente a la doctrina nacional, especialmente en Obligaciones y Responsabilidad. Entre sus obras destacan: Responsabilidad Extracontractual, Responsabilidad Contractual, Inexistencia y Nulidad en el Código Civil Chileno, Instituciones de Derecho Sucesorio, Regímenes Patrimoniales, El Abuso del Derecho, Teoría de la Interpretación Jurídica, La Teoría de la Imprevisión en Chile y Sobre el Origen, Funcionamiento y Contenido Valórico del Derecho.
Culto, lector voraz de clásicos chilenos y extranjeros, apasionado por la pintura nacional, profesor exigente y admirado en la Universidad de Chile y en la Universidad del Desarrollo, Rodríguez marcó profundamente a generaciones de estudiantes y a muchos discípulos.
El 4 de septiembre de 1970 fue decisivo en su trayectoria política: el joven y hasta entonces poco conocido abogado asumió frente a las cámaras, con coraje y claridad, la vocería del comando de Jorge Alessandri, mientras otros desaparecían.
Su pensamiento político quedó plasmado en obras como Entre la democracia y la tiranía, donde contraponía la estrategia marxista con una propuesta nacionalista basada en un Estado integrador, un gobierno autoritario, una economía social de mercado con participación de trabajadores y una democracia orgánica.
Tras el 11 de septiembre de 1973, mantuvo su lealtad al gobierno militar, que justificó señalando que había evitado “mil años de comunismo”, pero esa lealtad no fue acrítica: discrepó de muchas decisiones económicas, políticas y constitucionales, especialmente de la deriva neoliberal y del retorno a una democracia liberal inorgánica.
Su visión se cristalizó en El mito de la democracia en Chile y su segundo tomo, Una revolución pendiente, donde defendió dos tesis centrales: que Chile nunca había tenido una verdadera democracia —por carecer de autoridad legítima, participación real, Estado de derecho y respeto de derechos fundamentales—, y que la revolución nacional seguía pendiente, pues el gobierno militar no había concretado la Declaración de Principios ni el proyecto nacionalista original.
En sus últimos años, Rodríguez Grez criticó con dureza la situación de la judicatura, la institucionalidad pública y la pérdida de jerarquía del Estado de derecho. Su trayectoria combina la del intelectual riguroso con la del líder político patriótico que desafió a la “fronda política”, planteando dilemas sobre democracia, poder, participación y el sentido de nación.
Su ejemplo, su rectitud, su obra jurídica y su visión política seguirán iluminando a las generaciones actuales y futuras.
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