Cartas al Director
¿Todo se vale en democracia? El peligro de trivializar el discurso de odio
En tiempos de elecciones, el discurso público se tensa y la libertad de expresión se invoca con fuerza, pero cuando esta se usa para atacar derechos fundamentales, especialmente los conquistados por el movimiento feminista, cabe preguntarse: ¿dónde termina la opinión y comienza el daño?

En cada nuevo ciclo electoral, la democracia se pone a prueba. Los debates crecen, las redes sociales se polarizan y algunos candidatos parecen dispuestos a todo. Sin embargo, en este contexto con frecuencia emergen discursos ofensivos o discriminatorios que se presentan como “opinión política” o “libertad de expresión”. La verdadera pregunta, ¿de verdad todo se vale en democracia?
Vivimos un tiempo en que las conquistas del movimiento feminista como el derecho a una vida libre de violencia, la igualdad salarial, la educación no sexista, o la autonomía reproductiva son blanco frecuente de discursos que las caricaturizan, ridiculizan o directamente niegan. Bajo la apariencia de “opinión legítima” o “libertad para discrepar”, se han instalado narrativas que deshumanizan a las mujeres, las responsabilizan por la violencia que sufren o las acusan de ser una amenaza para el orden social.
Nuestra Constitución en su artículo 19 N.º 12, garantiza la libertad de emitir opinión e informar sin censura previa, pero también exige que dicho ejercicio respete la honra de las personas y que quienes abusen de esta libertad respondan conforme a la ley. No se trata de censurar las ideas de quien las emite, sino de establecer un límite claro entre la crítica legítima y el discurso de odio, que vulnera la dignidad y derechos fundamentales.
Las redes sociales han amplificado este fenómeno. En esos espacios se reproducen, sin filtros ni consecuencias, expresiones que trivializan la violencia de género, cuestionan el consentimiento sexual, las decisiones de la mujer respecto a su cuerpo o minimizan el feminicidio. En nombre de la libertad, lo que en realidad se defiende es la posibilidad de seguir oprimiendo sin consecuencias.
Desde el plano internacional, la jurisprudencia ha sido clara en este sentido planteando que los discursos que incitan al odio fomentan estereotipos negativos o promueven discriminación sistemática no están protegidos por la libertad de expresión. La Corte Interamericana de Derechos Humanos ha señalado que este derecho encuentra límites cuando se utiliza para vulnerar a otros. La igualdad y la no discriminación no son concesiones ideológicas, son garantías jurídicas.
En Chile, sin embargo, el debate sigue anclado en una falsa dicotomía: libertad o censura. Como si exigir respeto, dignidad y un lenguaje libre de violencia fuera una amenaza para la democracia, y no su condición mínima de existencia. No es censura decir basta, es resistencia.
Trivializar el discurso de odio contra las mujeres en los medios, en la política, en el lenguaje cotidiano es permitir que se mantenga el mismo orden que ha naturalizado la subordinación femenina durante siglos, hacerlo en nombre de la democracia es paradójicamente negar.
La libertad de expresión no puede ser el refugio de la misoginia. Porque en democracia, no todo se vale. Si no ponemos límites claros, los derechos que creímos ganados seguirán en disputa.
Camila Torrejón
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