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Cartas al Director

La ministra Chevesic y el momento histórico que honra su trayectoria

El texto reflexiona sobre la tradición de antigüedad en la presidencia de las Cortes y su valor para la independencia judicial, destacando el significado institucional y simbólico de que, por primera vez, una mujer —la ministra Chevesic— pueda asumir dicho cargo como resultado natural de una trayectoria marcada por el rigor, la sobriedad y la excelencia profesional.

Por Redacción·12 de diciembre de 2025·2 min de lectura
Imagen: lanacion.cl
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En el Poder Judicial hay gestos que, aunque parezcan simples ritos administrativos, revelan la profundidad de una tradición que ha sostenido por décadas la independencia y continuidad institucional. Uno de ellos es la regla no escrita —pero siempre respetada— de permitir que la presidencia de las Cortes la ejerza quien posee mayor antigüedad. No es una norma impuesta: es una convicción arraigada en la cultura judicial, una forma de reconocer trayectorias, dedicación y la experiencia que solo dan los años de servicio.

Hoy esa tradición se cruza con un hito que, aunque parezca tardío, tiene un enorme valor simbólico: por primera vez, una mujer podría asumir la presidencia de la Corte. Y no por un gesto condescendiente ni por cumplir una cuota. Todo lo contrario. Le corresponde porque ha encarnado mejor que nadie aquello que esta costumbre busca honrar: una carrera construida con rigor, prudencia y fortaleza.

La ministra Chevesic, con la sobriedad que siempre la ha distinguido, nunca ha necesitado alzar la voz para hacerse escuchar. En un mundo que a menudo premia la estridencia, ella ha demostrado que la verdadera autoridad nace de la coherencia y del trabajo silencioso. Su trayectoria es un recordatorio de que el Poder Judicial no lo sostienen los discursos públicos, sino quienes han mantenido un estándar ético y profesional constante, incluso cuando nadie mira.

Hay algo profundamente significativo en que sea precisamente una mujer quien encarne este momento. Porque no se trata solo de romper un techo de cristal: se trata de demostrar que ese techo nunca debió existir. Las mujeres no necesitan privilegios para llegar lejos; solo requieren que se reconozca lo que ya construyeron, muchas veces superando barreras silenciosas.

La ministra Chevesic representa a esa generación de mujeres que ingresó al sistema sin pedir favores, pero tampoco aceptando límites injustos. Que avanzó paso a paso, confiando en que la excelencia siempre termina imponiéndose. Su llegada a la presidencia —si ello se concreta— no sería un gesto simbólico, sino la consecuencia natural de una vida entera dedicada a la judicatura y al servicio público.

En tiempos en que las instituciones se ven sometidas a constante escrutinio, respetar las tradiciones que han permitido estabilidad no es conservadurismo: es responsabilidad democrática. Mantener la costumbre de la antigüedad, especialmente cuando coincide con una figura de este calibre, refuerza la confianza de la ciudadanía en que las cosas se hacen bien, sin improvisaciones ni favoritismos.

Si la ministra Chevesic asume la presidencia, no asistiremos solo a un avance para las mujeres —aunque también lo sea—, ni únicamente al reconocimiento de una carrera intachable. Estaremos presenciando un acto de madurez institucional: el punto de encuentro entre la historia y el mérito, entre la tradición y la renovación.

Y en ese cruce, donde la trayectoria personal dialoga con la dignidad republicana, hay algo de justicia poética. Y, sobre todo, algo de justicia en su sentido más puro.

Carlos Patricio Suárez Gaete

Abogado

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