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Cartas al Director

El cuarto poder del Estado: el Ministerio Público y la nueva arquitectura del poder

La carta plantea que el esquema clásico de tres poderes ha sido superado por una estructura real de seis centros de influencia —Ministerio Público, medios y órganos contralores incluidos—, y advierte que el fortalecimiento del poder persecutor debe ir acompañado de límites, controles y responsabilidad institucional.

Por Carlos Patricio Suárez Gaete·31 de enero de 2026·3 min de lectura
anef.cl
Imagen referencial

Durante siglos, la teoría clásica del Estado descansó sobre un trípode aparentemente inamovible: Poder Ejecutivo, Poder Legislativo y Poder Judicial. Esta división, formulada por Montesquieu, buscaba evitar la concentración del poder y proteger la libertad de los ciudadanos. Sin embargo, la realidad contemporánea ha superado largamente ese esquema.

Hoy, en los hechos, el Estado moderno opera con al menos seis centros reales de poder.

El más evidente de ellos es el Ministerio Público, convertido en un auténtico cuarto poder del Estado.

No legisla, no gobierna y formalmente no juzga. Pero investiga, persigue, expone, presiona y condiciona. Decide qué causas avanzan y cuáles duermen. Define prioridades penales. Solicita medidas intrusivas. Pide prisiones preventivas. Construye relatos públicos. Y, como vemos actualmente, incluso puede tener bajo investigación a integrantes de la Corte Suprema.

Ese solo dato revela la magnitud de su influencia: un órgano autónomo capaz de escrutar al máximo tribunal del país.

Nunca antes en nuestra historia institucional un ente con estas características había concentrado tal capacidad de incidencia transversal.

El Ministerio Público actúa como puerta de entrada al sistema penal. Sin su impulso, no hay proceso. Sin su convicción, no hay acusación. Su poder es silencioso, técnico y profundo. No necesita mayoría parlamentaria ni respaldo electoral. Basta un fiscal con atribuciones legales para poner en movimiento toda la maquinaria del Estado.

Pero esta enorme fuerza también trae consigo un riesgo estructural: el Ministerio Público se ha transformado en un colador natural para la corrupción y las presiones externas. No por maldad institucional, sino porque allí confluyen intereses políticos, económicos, mediáticos y sociales. Donde hay poder concentrado, inevitablemente hay intentos de captura.

Y, sin embargo, sería injusto omitir el otro rostro del sistema.

El Ministerio Público está compuesto, en su inmensa mayoría, por abogados y abogadas extenuados, con cargas laborales brutales, jornadas interminables y una presión pública constante. Fiscales que trabajan con carpetas acumuladas, recursos limitados y expectativas desproporcionadas. Muchos de ellos continúan por vocación, por convicción republicana, por amor al derecho y por un genuino sentido de servicio a la patria y solo un ejemplo en la ciudad de Santa Cruz hace más de 10 años existían 3 fiscales adjuntos Carmen Agurto, Víctor Bobadilla y Mauricio Maturana, pues hoy con una carga laboral al triple existen dos, es decir retrocedimos, castigando así a quienes tienen la responsabilidad de perseguir cada vez más la delincuencia.

A los abogados asistentes no se les permite avanzar, siendo también juristas con basta experiencia y que requieren nombramientos que no llegan o que se coartan por falta de recursos.

Esa tensión —entre poder estructural y sacrificio humano— define hoy a la institución.

Pero el rediseño del poder no termina ahí.

Junto al Ministerio Público emerge un quinto poder: los medios de comunicación. No dictan sentencias, pero las anticipan. No formulan cargos, pero los instalan. No deliberan leyes, pero moldean la agenda pública. La opinión mediática condiciona decisiones políticas, judiciales y persecutorias. La justicia ya no solo se tramita en tribunales: también se litiga en titulares.

Finalmente, aparece un sexto poder: el poder contralor, encarnado en órganos fiscalizadores que, desde la legalidad administrativa, pueden paralizar políticas públicas, invalidar actos y redefinir gestiones completas. Su influencia es técnica, pero su impacto es profundamente político.

Así, el viejo Estado tripartito ha quedado atrás.

Hoy vivimos bajo una arquitectura de poder ampliada:

  • Ejecutivo

  • Legislativo

  • Judicial

  • Ministerio Público

  • Medios de comunicación

  • Poder contralor

Comprender esta nueva realidad no es un ejercicio académico: es una necesidad democrática. Porque mientras más centros de poder existen, mayor debe ser la transparencia, el control cruzado y la responsabilidad institucional.

El desafío no es debilitar al Ministerio Público, sino fortalecerlo con límites claros, controles efectivos y una ética robusta. Porque un órgano persecutor fuerte es indispensable. Pero un órgano persecutor sin contrapesos suficientes es un riesgo para cualquier república.

La democracia no se defiende solo con buenas leyes. Se defiende con instituciones conscientes del peso que cargan… y del deber histórico que las obliga.

Carlos Patricio Suárez Gaete

Abogado

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