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Dignidad de datos: el trabajo invisible detrás de la inteligencia artificial

La inteligencia artificial no solo amenaza con reemplazar determinadas tareas, sino que ya se alimenta de los textos, imágenes, decisiones y experiencias producidas diariamente por millones de personas. Frente a ello, la dignidad de datos exige avanzar más allá de la privacidad y reconocer la procedencia, atribución y valor económico de las contribuciones humanas que hacen posibles los sistemas inteligentes.

Por Redacción·17 de julio de 2026·2 min de lectura
Imagen: ChatGPT/Elke
Imagen referencial

La discusión pública sobre inteligencia artificial suele comenzar con una pregunta inquietante: ¿nos quitarán el trabajo las máquinas? La pregunta es legítima, pero quizá llega demasiado tarde. Antes de reemplazar ciertas tareas, la IA ya ha absorbido silenciosamente una parte importante de nuestra actividad como dato. Cada texto escrito, imagen compartida, ruta recorrida, traducción corregida, evaluación realizada, interacción digital y decisión registrada, puede transformarse en materia prima para entrenar sistemas que luego aparecen ante nosotros como si fueran autónomos.

Por eso, la dignidad laboral en la era de la inteligencia artificial no puede limitarse a la defensa del empleo entendido como salario. El trabajo es también reconocimiento, participación, agencia y contribución social. Una persona no solo trabaja para recibir ingresos, lo hace para hacerse parte de una comunidad, desplegar capacidades, construir sentido y dejar una huella en el mundo. Cuando esa huella se captura como dato, se procesa en infraestructuras opacas y se convierte en valor económico sin atribución ni retorno, la dignidad de la labor realizada queda incompleta.

Aquí aparece el concepto de dignidad de datos. Estos no son simplemente residuos de la vida digital. Son rastros de actividad humana. Tienen contexto, procedencia y valor. Detrás de cada modelo de inteligencia artificial hay millones de aportes acumulados: textos, imágenes, decisiones, movimientos, preferencias, conversaciones, códigos, diagnósticos, correcciones, evaluaciones y experiencias. El problema surge cuando esos aportes son tratados como materia prima gratuita, anónima e inagotable.

Lo anterior propone mirar esa realidad desde otra perspectiva. Si una plataforma aprende de nuestros movimientos, textos o decisiones, entonces no basta con preguntar si nuestros datos están protegidos. También debemos preguntar si las contribuciones que realizamos son reconocidas. No se trata únicamente de privacidad, sino de procedencia, atribución, control y participación en el valor generado.

La privacidad, por sí sola, ya no alcanza. La privacidad busca limitar el acceso; la dignidad de datos exige además trazabilidad, representación, participación y formas justas de retorno o beneficio compartido. Esto implica imaginar nuevas instituciones, cooperativas y sindicatos de datos, mediadores colectivos o mecanismos de licencia que permitan a las personas y comunidades negociar el uso de aquello que producen. La alternativa es aceptar una economía donde muchos generan la materia prima y pocos capturan la inteligencia.

El riesgo es especialmente relevante para trabajadores, creadores, investigadores, docentes y personas que interactúan diariamente con plataformas digitales. Un repartidor no solo entrega comida: produce datos de movilidad, tiempos, demanda, riesgo y eficiencia urbana. Un profesor no solo enseña: genera criterios, materiales, evaluaciones e interacciones. Un traductor no solo corrige frases: alimenta patrones lingüísticos que mañana pueden automatizar parte de su oficio.

Quizá la pregunta de fondo no sea si la inteligencia artificial pensará como nosotros, sino si seremos capaces de construirla sin olvidar a quienes la hacen posible. La dignidad de datos apunta precisamente a eso: devolver contexto, procedencia y reconocimiento a los aportes que alimentan los sistemas inteligentes. Porque una tecnología centrada en la persona no se mide solo por lo que automatiza, sino también por aquello que decide no invisibilizar.

Jorge Serrano Académico

Investigador Facultad de Ingeniería y Negocios

Universidad de Las Américas

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