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Cartas al Director

Corte Suprema: Ruptura de una tradición

La primera presidencia femenina en la historia de la Corte Suprema de Chile constituye un hito institucional y democrático de profundo significado, que no solo expresa un avance en igualdad de género, sino que también conecta memoria jurídica, responsabilidad histórica y liderazgo judicial en el máximo tribunal del país.

Por Camila Torrejón Díaz·14 de enero de 2026·2 min de lectura
Corte Suprema: Ruptura de una tradición
Imagen referencial

La llegada de la primera mujer a la presidencia de la Corte Suprema no es solo un hito institucional, es una señal de avance democrático, de memoria jurídica y de dignidad histórica para Chile.

Que una mujer presida por primera vez la Corte Suprema de Chile no es un hecho menor ni decorativo, es una transformación profunda en una de las estructuras más tradicionales del poder estatal, es una grieta luminosa en una historia marcada por la exclusión femenina, es una confirmación de que el derecho también puede evolucionar, también puede escuchar otras voces, también puede ser liderado desde una sensibilidad distinta sin perder rigor ni autoridad, como mujeres este momento no se observa con distancia académica, se vive con orgullo, con emoción y con una sensación íntima de reparación, porque durante generaciones nos enseñaron que la justicia era un espacio ajeno, que la autoridad tenía rostro masculino, que la decisión jurídica se construía sin nosotras, hoy esa narrativa se quiebra, hoy la Corte Suprema tiene presidenta, y ese solo hecho ya es una declaración política.

Este nombramiento adquiere una dimensión aún más profunda cuando recordamos que esta misma mujer fue quien redactó el desafuero de Augusto Pinochet, un acto jurídico que abrió una puerta histórica para que el poder absoluto dejara de ser intocable, para que la impunidad comenzara a resquebrajarse desde el propio sistema que antes la protegía, no fue solo una resolución judicial, fue un gesto de responsabilidad institucional, fue la expresión concreta de que el derecho puede enfrentarse al poder sin temblar, que la justicia puede mirar a la historia a los ojos sin bajar la cabeza, que los tribunales no están condenados a ser cómplices del silencio, hoy esa mujer preside el máximo tribunal del país, y esa coincidencia histórica no es casualidad, es coherencia, es consecuencia, es memoria convertida en liderazgo.

Como mujeres este hecho nos atraviesa, porque no solo vemos a una magistrada ocupar un cargo, vemos a una mujer sostener una institución, vemos a una mujer representar la cúspide del sistema judicial, vemos a una mujer demostrar que la autoridad no necesita endurecerse para ser respetada, que el rigor jurídico no está reñido con la conciencia histórica, que el poder no pierde legitimidad cuando es ejercido por una mujer, al contrario, se humaniza, se acerca, se vuelve más responsable, este momento nos recuerda que la igualdad no se proclama, se construye, y que cada espacio conquistado no es solo personal, es colectivo.

La presidencia de la Corte Suprema hoy no solo simboliza un avance de género, simboliza una oportunidad democrática, una invitación a repensar la justicia como un espacio que no solo aplica normas sino que también resguarda memoria, dignidad y futuro, simboliza que el derecho puede ser firme sin ser indiferente, técnico sin ser frío, poderoso sin ser soberbio, y que una mujer puede encarnar todo eso sin pedir permiso.

Hoy la justicia chilena no solo tiene una presidenta, hoy tiene una historia que se reescribe, y como mujeres no solo la observamos, la sentimos, la defendemos y la celebramos.

Camila Torrejón Díaz

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