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Asuntos de Interés Público

Transformación de la profesión jurídica

La IA redefine el rol del abogado en el siglo XXI

Un análisis sobre el impacto de la inteligencia artificial en la práctica jurídica sostiene que estas herramientas están revolucionando la redacción de escritos, la investigación legal, la revisión de contratos y la gestión de estudios jurídicos, sin reemplazar el criterio profesional, la responsabilidad ética ni el juicio estratégico propios de la abogacía.

Por Elke von Loebenstein·22 de junio de 2026
La IA redefine el rol del abogado en el siglo XXI
Imagen referencial

La irrupción de la inteligencia artificial en el mundo jurídico está transformando profundamente el ejercicio de la abogacía, modificando la forma en que se produce, organiza y comunica el conocimiento legal. Así lo sostiene el abogado Augusto C. Acuña en un análisis que examina el impacto de estas tecnologías en la práctica profesional, los desafíos éticos que plantean y las oportunidades que ofrecen para mejorar la productividad y la calidad de los servicios jurídicos.

El autor parte de una reflexión del jurista británico Richard Susskind, quien afirmó que la inteligencia artificial no reemplazará a los abogados, pero sí lo harán aquellos abogados que aprendan a utilizarla. Desde esa perspectiva, sostiene que la profesión enfrenta una transformación estructural que trasciende las tradicionales reformas legislativas o procesales y que ya se manifiesta en estudios jurídicos, tribunales y procesos de negociación contractual.

Acuña explica que la inteligencia artificial comprende un conjunto de tecnologías capaces de realizar tareas que históricamente requerían intervención humana, como reconocer patrones, interpretar lenguaje natural, generar textos, tomar decisiones o aprender de la experiencia. Entre ellas menciona el aprendizaje automático, las redes neuronales, el procesamiento de lenguaje natural y los modelos de lenguaje de gran escala.

Respecto de herramientas como ChatGPT, Claude o Gemini, señala que estos sistemas fueron entrenados con enormes volúmenes de información y funcionan prediciendo las palabras más probables dentro de un determinado contexto. Sin embargo, advierte que estos modelos no comprenden el derecho como lo hace un abogado, pues no aplican principios jurídicos ni realizan razonamientos morales. Su principal fortaleza radica en procesar grandes cantidades de texto, identificar patrones normativos, resumir documentos complejos y generar borradores coherentes. Distinguir entre simulación y comprensión, sostiene, resulta fundamental para un uso responsable de la tecnología.

El análisis también aborda el crecimiento del mercado de herramientas especializadas para el sector jurídico. Entre las plataformas generalistas destaca ChatGPT, Claude, Microsoft Copilot y Google Gemini, mientras que entre las soluciones específicamente diseñadas para abogados menciona Harvey AI, Casetext/CoCounsel, Luminance y DocuSign Intelligent Agreement Management. Según explica, estas herramientas permiten desde la investigación jurisprudencial hasta la revisión contractual avanzada, la realización de procesos de due diligence y la gestión automatizada de obligaciones contractuales.

Uno de los ámbitos donde el impacto de la inteligencia artificial resulta más visible es la redacción de escritos judiciales. El autor sostiene que la IA no sustituye al abogado, sino que actúa como una herramienta de apoyo capaz de estructurar documentos, generar borradores de demandas y contestaciones, resumir expedientes, detectar contradicciones argumentativas y sugerir mejoras de redacción. Además, destaca su utilidad como herramienta de aprendizaje y apoyo para elaborar documentos similares a partir de experiencias previas, reduciendo significativamente los tiempos de trabajo.

No obstante, advierte que la inteligencia artificial no puede reemplazar el criterio profesional ni asumir decisiones estratégicas. Tampoco puede garantizar la exactitud de referencias normativas o jurisprudenciales, debido al fenómeno conocido como “alucinación”, mediante el cual los modelos pueden generar citas aparentemente reales que en realidad no existen. Por ello, subraya que toda referencia jurídica proporcionada por una IA debe ser verificada en fuentes oficiales antes de ser utilizada en un escrito judicial.

El artículo dedica especial atención al uso de estas tecnologías en la elaboración y revisión de contratos. En particular, destaca sus aplicaciones en el ámbito inmobiliario, donde herramientas especializadas permiten identificar cláusulas ausentes, disposiciones potencialmente abusivas, inconsistencias internas y riesgos contractuales en cuestión de minutos. Asimismo, pueden extraer obligaciones, plazos y condiciones relevantes, así como comparar documentos con modelos previamente definidos por el profesional.

A juicio del autor, la capacidad de formular instrucciones precisas a estas herramientas —lo que denomina “prompting jurídico”— se perfila como una habilidad profesional cada vez más relevante. Sin embargo, insiste en que la responsabilidad final sobre la validez y eficacia de cualquier instrumento jurídico continúa recayendo exclusivamente en el abogado.

Más allá de las tareas estrictamente jurídicas, Acuña destaca que la inteligencia artificial también está transformando la gestión interna de los estudios profesionales. Entre sus aplicaciones menciona la administración de clientes mediante sistemas CRM, la automatización de procesos de facturación, la gestión documental inteligente, la automatización parcial de comunicaciones y la aceleración de procesos de investigación jurídica.

En apoyo de esta tesis, cita un estudio de McKinsey & Company publicado en 2023, según el cual aproximadamente un 23% de las tareas realizadas por abogados podrían automatizarse con la tecnología actualmente disponible, en especial aquellas vinculadas a búsqueda de información, revisión de documentos estándar y elaboración de borradores rutinarios. No obstante, aclara que ello no implica la desaparición de la profesión, sino una redefinición de sus funciones hacia actividades de mayor valor estratégico.

El análisis también aborda los desafíos éticos asociados al uso de inteligencia artificial en la abogacía. En este punto, sostiene que los principios tradicionales de la ética profesional continúan plenamente vigentes y resultan aplicables a las nuevas tecnologías. Entre ellos destaca la responsabilidad indelegable del abogado frente al cliente y a los tribunales, el deber de mantenerse técnicamente actualizado, la obligación de supervisar todo contenido generado por inteligencia artificial y la necesidad de actuar con transparencia respecto de su utilización.

Especial relevancia adquiere la cuestión de la confidencialidad y la protección de datos. El autor advierte que muchas plataformas de inteligencia artificial utilizan la información ingresada por los usuarios para mejorar sus sistemas, lo que puede generar riesgos significativos para el secreto profesional. Por ello, recomienda no incorporar datos personales identificables de clientes, antecedentes confidenciales, estrategias procesales, información patrimonial o datos sensibles en plataformas que no cuenten con garantías adecuadas de protección.

Como medidas preventivas, propone utilizar versiones empresariales de estas herramientas, anonimizar previamente la información, establecer políticas internas de uso de inteligencia artificial y exigir a los proveedores el cumplimiento de estándares de protección de datos equivalentes a los previstos por las legislaciones más avanzadas.

En sus conclusiones, Acuña rechaza las visiones que anuncian la desaparición de la profesión jurídica y plantea que la inteligencia artificial está impulsando una revalorización de aquellas capacidades que son propiamente humanas, como el juicio estratégico, la empatía con el cliente, la creatividad argumentativa y la responsabilidad ética. A su juicio, la inteligencia artificial no representa el fin del abogado, sino el fin de un modelo profesional basado exclusivamente en tareas que pueden ser realizadas más rápida y eficientemente por una máquina.

El autor sostiene que la verdadera ventaja competitiva del abogado seguirá radicando en la confianza construida con sus clientes, la experiencia acumulada, la capacidad de comprender los aspectos humanos de los conflictos y la responsabilidad personal que asume al ejercer la profesión. Por ello, concluye que adoptar la inteligencia artificial con criterio, competencia técnica y conciencia ética ya no constituye una opción, sino una exigencia profesional impuesta por las necesidades de los clientes, las demandas del sistema de justicia y la propia dignidad de la profesión jurídica.

Finalmente, plantea que la inteligencia artificial llegó para quedarse y que el verdadero desafío consiste en determinar quién conducirá ese proceso de transformación. En ese contexto, recuerda que toda producción jurídica sigue siendo responsabilidad de quien la firma y la presenta, aun cuando haya contado con asistencia tecnológica durante su elaboración.

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