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Opinión

La inteligencia natural ante el reto de la inteligencia artificial

El acelerado desarrollo de la inteligencia artificial ha abierto un debate global sobre sus efectos en la democracia, la libertad y la propia condición humana, impulsando a los Estados a avanzar en marcos regulatorios que permitan controlar sus riesgos sin frenar la innovación tecnológica.

Por José Ignacio Vásquez Márquez·28 de febrero de 2026
Imagen: canvia.com
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«Un fantasma recorre el mundo, el fantasma de la «inteligencia artificial (IA)».

Desde cierto tiempo es tema de análisis el desarrollo de las IA y sus efectos en la actividad humana en general. Esta avanzada tecnología va introduciéndose en las más diversas áreas del quehacer humano, desde lo doméstico hasta lo político, con imprevisibles consecuencias, desconociendo si sus resultados serán positivos o negativos.

Ella desafía la naturaleza, el progreso y las capacidades humanas, su inteligencia, y voluntad, pues, aparece como tecnología sustituta del homo sapiens y del homo faber, aún más, sustituta del puesto natural del ser humano en el mundo y de la facultad de raciocinio por los propios sujetos cognoscentes y hablantes, de la relación entre lógica y lenguaje desarrollados por las personas, no por artificios.

Se le puede observar de modo positivo, como instrumento al servicio de las personas, o, negativamente, como dispositivo de dominio humano o transhumano. Tales perspectivas se basan, en gran medida, en ver la técnica y las tecnologías modernas como medio neutro o ingenuamente como progreso de la humanidad, o bien, como recurso y procedimiento al servicio de determinados suprapoderes para el control humano.

Desde la filosofía el destacado pensador italiano Giorgio Agamben ha dicho (en Sobre la Inteligencia Artificial y la estupidez natural) que “comienza una era de barbarie y las ciencias estarán a su servicio […] tan empeñadas en satisfacer e incluso anticipar todas las necesidades de la época que, cuando decidió que carecía de deseo o de la capacidad de pensar, inmediatamente le proporcionaron un dispositivo llamado «Inteligencia Artificial».

En un reciente ensayo sobre las IA y la democracia, el académico español de derecho, José María Lasalle, advierte que aquélla conduce a una concentración del poder sin precedentes en la historia, basada en la instauración de un sistema de administración algorítmica del mundo y de los humanos; gestionada por una élite tecnocrática y por las grandes corporaciones que poseen los macrodatos (big data). No tan diferente de lo que decía hace más de un siglo Max Weber, al afirmar que, en cada proyecto histórico social, la técnica responde al propósito que los intereses dominantes tienen respecto de las personas y las cosas.

El mismo autor denuncia que la IA está generando una “concentración soberana del poder material que descansa en la gestión de la revolución digital”, un nuevo Leviatán posmoderno y poshumano tecnológico, nuevo Deus ex machina que aquél denomina Ciberleviatán por analogía con el Estado en la perspectiva de Thomas Hobbes.

Ese nuevo poder que emerge al margen del poder estatal, al que también instrumentaliza, pone en riesgo a la democracia, a los derechos fundamentales, y a los ciudadanos como cuerpo electoral, así como muchas otras dimensiones existenciales: la educación, la cultura y la propia inteligencia natural.

Son precisamente esos y otros desafíos o riesgos los que exigen a los Estados actuar con urgencia, por precaución y prevención, regulando esta tecnología que puede amenazar inclusive la libertad y derechos de las personas.

La Unión Europea ha dado un primer paso a nivel mundial en la regulación legal sobre las IA, mediante la aprobación del Reglamento (UE) 2024/1689 (https://eur-lex.europa.eu/eli/reg/2024/1689/oj?locale=es), que entrará a regir en agosto del presente año. Identificando diversas categorías de riesgo derivados del uso de la IA y los perjuicios que puede provocar a la sociedad y las personas, establece normas sobre uso de IA para sus desarrolladores e implementadores. Claro está que esta normativa no va más allá de regular y controlar el mercado de las IA.

Por su parte, la Comisión Europea para la Democracia por el Derecho (Comisión de Venecia), órgano del Consejo de Europa, asesor en materias constitucionales y electorales, aprobó en la Sesión Plenaria de diciembre de 2024, la Declaración Interpretativa del Código de Buenas Prácticas en materia electoral en relación a la inteligencia artificial y las tecnologías digitales. ​

En nuestro país se tramita un proyecto de ley que regula los sistemas de Inteligencia Artificial (Boletín 6821-19 actualmente en segundo trámite ante el Senado), considerando la experiencia europea a fin de resguardar eficazmente los derechos de las personas. Al igual que en Europa, esta normativa se centra en la gestión de riesgos en la administración de los sistemas de IA a fin de proteger los derechos de las personas.

Con todo, dicha normativa no será suficiente para frenar las mutaciones de esta nueva tecnología que podría llegar a ser sustitutiva y limitativa de la inteligencia humana natural y de su libertad, con la facultad de eludir o dominar a la política, al derecho, a la cultura, al conocimiento y otros ámbitos de actividad humanos. (Santiago, 28 de febrero de 2026)

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