Cartas al Director
Siete hijos y un padrino en La Moneda
Aunque parezca una curiosidad del pasado, en Chile sigue vigente una ley que permite que el presidente en ejercicio apadrine al séptimo hijo o hija de una familia. Esta tradición, con raíces europeas y tintes simbólicos, se transformó en norma legal en 1976 y aún puede ser solicitada. En tiempos donde las familias numerosas son cada vez más escasas, el apadrinamiento presidencial se mantiene como un vestigio entrañable de un Chile que valoraba las ceremonias y los vínculos simbólicos entre el Estado y sus ciudadanos.

En tiempos en que tener dos hijos ya se considera toda una hazaña, por razones económicas, laborales o incluso existenciales, resulta difícil imaginar una familia con siete pequeñitos corriendo por la casa. Pero hubo una época, no tan lejana, en que eso no solo era posible, sino que traía consigo un privilegio impensado, que la o él presidente de Chile se convirtiera en su madrina o padrino.
Sí, aunque sea difícil de creer. En Chile, existe una norma poco conocida, pero vigente, que establece que el séptimo hijo o hija de una familia puede ser amadrinado o apadrinado por el presidente en ejercicio. Una práctica que mezcla lo simbólico con lo legal, y que tiene su origen en una tradición centenaria, con tintes casi mágicos y un curioso trasfondo europeo.
Al parecer, la costumbre llegó desde países como Argentina o Rusia, donde se creía que el séptimo hijo varón podía convertirse en “lobizón”, ser que se convierte en lobo en las noches de luna llena, a menos que fuera bendecido por el padrinazgo presidencial. En nuestro país, aunque sin lobizones de por medio, el rito fue tomando fuerza en el siglo XX, hasta que el presidente Arturo Alessandri Palma, conocido como el “León de Tarapacá”, comenzó a apadrinar personalmente a los séptimos hijos. La tradición se mantuvo a lo largo de los años, entre discursos y abrazos en ceremonias íntimas y conmovedoras.
No fue sino hasta el año 1976 y luego actualizado en el año 2002, que el apadrinamiento presidencial se convirtió en normativa legal, abriendo la posibilidad de solicitarlo formalmente al Ministerio del Interior. Desde entonces, quien sea el séptimo hijo o hija de un mismo matrimonio puede acceder al beneficio, que incluye, entre otras cosas, una beca de estudios, un diploma firmado por el jefe de Estado, y por supuesto, el título de “ahijado del presidente”, un honor que no figura en el currículum, pero sí en la historia familiar.
Uno de los últimos casos ocurrió en 2013, cuando el entonces presidente Sebastián Piñera viajó hasta Ovalle para apadrinar al pequeño Benjamín, séptimo hijo de una familia nortina. El mandatario lo abrazó y le regaló una medalla. Fue un acto sencillo, pero lleno de simbolismo. Desde entonces, no se han registrado nuevas ceremonias, quizás porque los tiempos han cambiado, o porque ya no es tan común tener siete hijos. ¿Quién puede culpar a las familias, con el costo de la vida y la carrera de obstáculos que implica criar en la actualidad?
Sin embargo, el que no se repita con frecuencia no significa que la tradición haya muerto. Ahí sigue silenciosa, pero vigente, como tantas historias escondidas de nuestra institucionalidad. Es una ley curiosa, sí, pero también una ventana a nuestra historia cultural, a un Chile que se tomaba en serio las tradiciones, las familias grandes y los gestos simbólicos.
Tal vez, algún día, cuando nazca otro séptimo hijo o hija, y alguien recuerde esta antigua costumbre, volveremos a ver a un presidente extender la mano y decir “soy tu padrino”.
José Pedro Hernández Historiador
Académico Universidad de Las Américas
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