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Cartas al Director

Punta Peuco: Nuestro propio Auschwitz

La carta denuncia las condiciones inhumanas en las que se encuentran los internos de Punta Peuco, comparando el penal con un campo de exterminio moderno, donde la justicia ha sido reemplazada por venganza y odiosidad, y se vulneran gravemente los derechos humanos de los condenados, muchos de ellos ancianos, enfermos terminales o con deterioro mental severo.

Por Redacción·16 de julio de 2025·3 min de lectura
Imagen: ca.wikipedia.org
Imagen referencial

La cárcel de Punta Peuco, en la que cumplen condena más de un centenar de militares en retiro condenados en juicios relativos a derechos humanos, es hoy un campo de exterminio, un lugar destinado a la muerte de seres humanos en condiciones mentales deficientes, enfermedades terminales en progresión o de tan avanzada edad que en muchos casos no pueden valerse por sí mismo. En este y en otros penales de igual naturaleza, la justicia ha quedado atrás, arrasada, devastada y deshecha por la venganza y la odiosidad de quienes impiden aplicar criterios de humanidad que pongan término a la permanente violación flagrante de los derechos humanos de quienes se encuentran – muchas veces de manera injusta – en ellos encarcelados.

En la presente columna, no haré argumento sobre tantos vicios jurídicos que se cometieron en los juicios a que fueron sometidos, aplicándoseles un sistema procesal derogado por ser considerado injusto y arbitrario para el resto de los chilenos, y sin aplicar para ellos leyes que, estando vigentes, hubieran podido beneficiarlos o que, sin estar vigentes, se les aplicaron para condenarlos. Tampoco referiré tantos casos de sentencias manifiestamente injustas que, a juicio de abogados, rayan en la prevaricación judicial. Lo anterior, y tanto más – que demuestra la falta de debido proceso al que fueron sometidos – da para otra columna: una que denuncie las aberraciones procesales cometidas y las sentencias dictadas sin apego a derecho; pero no es lo que ahora quiero entregar a la conciencia de los lectores.

“Punta Peuco – denuncia el artículo publicado en redes sociales por el columnista, ingeniero Jorge Sepúlveda Haugen, bajo el título “La eterna Tortura” – se ha convertido en un laboratorio siniestro de castigo prolongado, una prisión que opera fuera del campo judicial y dentro del tiempo del odio. Allí hombres de la cuarta edad – algunos con demencia, otros postrados, muchos con enfermedades terminales – son sometidos a un encierro que ha mutado en tortura cotidiana. No hay clemencia, no hay reconocimiento del desgaste físico, ni del deterioro mental. No hay empatía. Solo una voluntad política ciega que ha transformado su existencia en un símbolo vivo de revancha, un altar perverso donde se inmola la dignidad humana”.

Continúa el columnista, “El sistema no solo los encierra: los va descomponiendo lentamente. No hay atención médica adecuada, no hay psicólogos capacitados para tratar traumas de guerra, ni envejecimiento acelerado. No hay protocolos para tratar a pacientes terminales o con Alzheimer. No hay humanidad. El encierro se prolonga más allá del castigo. Se trata de quebrarlos, no de rehabilitarlos. Sus cuerpos ya no aguantan más, pero tampoco se les permite morir en paz”.

“Punta Peuco se ha transformado en una cámara de tortura contemporánea. Se viola la esencia de los derechos humanos: el reconocimiento del otro como ser humano, incluso si fue enemigo”, concluye la cita de quien me he permito referir.

La presente columna no pretende justificar violaciones a los derechos humanos, las que efectivamente cometidas deben ser juzgadas y sentenciadas según su propio mérito. El punto es que ya hecha justicia – bien o mal, y como he señalado en tantos casos mal – la aplicación de las penas no puede ser degradante para los condenados, ni crueles en su aplicación, ya que la sensibilidad e incluso la clemencia no se oponen a tal virtud, por el contrario, la complementan haciendo de una sociedad, una mejor y más humana.

Punta Peuco es hoy nuestro propio campo de concentración, nuestro propio Auschwitz, lo que debe interpelar fuertemente la conciencia ciudadana.

Francisco Bartolucci Johnston

Abogado y profesor de Derecho

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