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Cartas al Director

No todo vale

La detención forzada de Nicolás Maduro plantea un dilema central para el derecho internacional contemporáneo: incluso frente a regímenes ilegítimos, la vulneración de la soberanía, la no intervención y la prohibición del uso de la fuerza amenaza con erosionar las reglas comunes y reinstalar la ley del más fuerte en el sistema internacional.

Por Tarik Lama Gálvez·08 de enero de 2026·2 min de lectura
Imagen: diario.elmundo.sv
Imagen referencial

Immanuel Kant advertía, en su obra sobre la paz perpetua, que ningún Estado debe inmiscuirse por la fuerza en la constitución y el gobierno de otro Estado. El secuestro de Nicolás Maduro —más allá de cualquier juicio moral que se tenga sobre su régimen— constituye un punto de inflexión para el orden internacional. No porque quien se robó una elección merezca protección, sino porque la forma en que se decide y quien decide su caída importa tanto como el resultado.

El derecho internacional, regulador de las relaciones entre Estados soberanos, es fruto del progreso de la humanidad y busca evitar que algunos Estados, en función de su fuerza, se arroguen el derecho de intervenir o “liberar” a otros pueblos según su propio criterio. La prohibición del uso de la fuerza, el principio de soberanía y la no intervención no son concesiones a regímenes autoritarios, sino barreras civilizatorias contra la ley del más fuerte.

Esto afecta a todo el sistema internacional. Otras potencias observan atentamente, porque el mensaje es claro: las reglas valen mientras no estorben a los intereses del más fuerte. ¿O acaso se planea una “intervención humanitaria” en Israel por su genocidio en Palestina, o en Arabia Saudita por su monarquía absolutista? Son aliados estratégicos, entonces “no aplica”.

Más grave aún resulta el fundamento en que se produce esta vulneración de soberanía. No se trata de una intervención fundada en razones humanitarias extremas, ni en una defensa coherente de la democracia. Por el contrario, el propio Donald Trump ha sido explícito: el interés es el petróleo. No los derechos humanos. No la democracia. No la protección de la población. Queda así al descubierto una lógica colonial difícil de disimular.

Nada de lo dicho envuelve una defensa de las irregularidades de Maduro. Implica algo distinto y más incómodo: defender la idea de que incluso frente a la injusticia existen límites y procedimientos. Que no todo vale. Que el derecho existe, precisamente, para recordarnos eso cuando resulta más tentador ignorarlo.

La democracia no se exporta a golpe de misil. Menos aún despreciando las instituciones, la paz y las reglas communes.

Normalizar estas prácticas nos empuja al retroceso, hacia un mundo más violento, más arbitrario y más inseguro para todos, especialmente para los países pequeños.

La historia nos enseña una lección brutal: cuando el derecho cede ante la fuerza, no gana la justicia. Gana el poder, pagando el precio los más débiles.

Tarik Lama Gálvez

Abogado

Profesor de derecho de la Universidad de Chile, también de UDLA

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