Cartas al Director
Fondos generacionales y el problema del conocimiento: lo que la reforma previsional no discutió
La eliminación de los multifondos y su reemplazo por un sistema de “Fondos Generacionales” reduce la capacidad de los afiliados para ajustar su exposición al riesgo, en un contexto de alta incertidumbre financiera global y cuestionamientos sobre la capacidad de los modelos regulatorios para anticipar crisis sistémicas.

Durante años, el sistema de multifondos en Chile permitió que millones de afiliados administraran, con mayor o menor acierto, su exposición al riesgo financiero internacional. No era un sistema perfecto, ni mucho menos infalible, pero entregaba algo que hoy parece escasear cada vez más en las discusiones regulatorias, esto es la capacidad de reacción frente a la incertidumbre.
La reciente reforma previsional, materializada a través de la Ley N.º 21.735, reemplazó los multifondos por un esquema de «Fondos Generacionales», donde los afiliados dejarán de elegir activamente el nivel de riesgo de sus ahorros previsionales, siendo asignados automáticamente según su edad y trayectoria laboral. El argumento técnico apunta a reducir movimientos masivos entre fondos, disminuir volatilidad y favorecer estrategias de inversión de largo plazo.
Sin embargo, existe una pregunta que parece haber quedado fuera de la discusión pública: ¿qué ocurre cuando el mundo financiero entra en una etapa de incertidumbre estructural? Porque el problema no es solamente previsional. Es epistemológico.
Friedrich Hayek advirtió que el problema central de toda organización social no es la asignación eficiente de recursos dados, sino la utilización del conocimiento disperso que no está disponible para ningún agente centralizado. Este problema del conocimiento no es abstracto: se manifiesta con toda su fuerza cada vez que reguladores, modelos o expertos intentan anticipar el comportamiento de sistemas complejos.
Las grandes crisis económicas rara vez han sido anticipadas correctamente. La crisis subprime de 2008 constituye con toda seguridad el ejemplo más evidente. Ese año, el Fondo A perdió más de un 40% de su valor, según datos publicados por Diario Financiero, el retroceso alcanzó un 40,26%, mientras el CEP estimó pérdidas reales cercanas al 45% entre octubre de 2007 y diciembre de 2008. El Fondo E, de perfil conservador, perdió menos de un 1%.
Muchos de esos fondos recuperaron posteriormente parte importante de sus pérdidas, pero ese argumento suele omitir un detalle fundamental, ya que el tiempo también es un recurso desigual. Un trabajador joven puede esperar una recuperación de mercado durante años si es necesario. Una persona próxima para jubilar no tiene ese privilegio, y la pérdida patrimonial en ese tramo de vida puede ser irreversible. El diseño regulatorio que no distingue estas situaciones no es neutral: es ciego frente a la heterogeneidad de los afiliados.
Precisamente por eso, el antiguo esquema permitía que quienes percibían mayores riesgos pudieran migrar hacia posiciones más conservadoras. La nueva estructura previsional reduce considerablemente esa capacidad de adaptación individual.
Esta discusión adquiere una dimensión aún más delicada cuando se observa la arquitectura financiera sobre la cual descansa buena parte del mercado global hoy. No estamos ante una burbuja al estilo de las puntocom de los años 2000, donde las valoraciones carecían de activos reales. El problema es de otra naturaleza, es más bien estructural. Nvidia ha invertido hasta cien mil millones de dólares en OpenAI, que a su vez compra sus chips. OpenAI ha comprometido trescientos mil millones de dólares en infraestructura de cómputo con Oracle, y Oracle gasta esos recursos comprando chips a Nvidia. Nvidia, además, posee participación accionaria en CoreWeave, que provee capacidad de nube a OpenAI y también es cliente de Nvidia. Un analista de la Columbia Business School lo describió con precisión: “si la monetización de IA de Microsoft decepciona, se reduce el gasto en Azure, lo que impacta los ingresos de Nvidia, lo que afecta la valorización de CoreWeave, lo que finalmente golpea la capacidad de financiamiento de OpenAI. El circuito se cierra sobre sí mismo.
Lo que hace a este esquema particularmente frágil no es la ausencia de activos reales, sino la naturaleza del supuesto que los sostiene: que la inteligencia artificial generará aumentos masivos de productividad en la magnitud y el plazo que las valoraciones actuales ya han descontado. Pero hay una contradicción que esa expectativa no termina de resolver. La misma tecnología que promete esa productividad está destruyendo empleo en una escala que ya no es especulativa. Y el consumo que hoy sostiene la economía real sobre la cual descansan esas valoraciones es, en parte, el mismo consumo que la destrucción de empleo erosiona. Las empresas tecnológicas podrían estar generando, sin proponérselo, las condiciones para que su propio éxito socave los fundamentos macroeconómicos que hacen posible el retorno esperado sobre sus inversiones.
Hayek no analizó la inteligencia artificial, pero sí analizó algo más profundo: los límites del conocimiento disponible para cualquier agente que pretenda anticipar las consecuencias sistémicas de sus propias decisiones. El problema no es que el esquema sea fraudulento. El problema es que su matemática solo funciona bajo un conjunto de supuestos que nadie puede garantizar. Y es precisamente en ese contexto donde la reforma previsional chilena eliminó el único mecanismo que permitía a los afiliados reaccionar frente a lo que nadie puede prever.
Quizás los multifondos eran imperfectos. Pero descansaban sobre una premisa profundamente hayekiana: en sistemas complejos, ningún agente centralizado posee suficiente conocimiento para anticipar correctamente todas las crisis futuras. Precisamente por eso, las personas deben conservar cierto margen para protegerse frente a lo inesperado. Eliminar ese margen no es una solución técnica. Es una decisión política que merece ser debatida como tal.
Romper el termómetro no elimina la fiebre.
Jaime Santana
Ingeniero en Telecomunicaciones y Gestión TI.
Magíster en Filosofía, Política y Economía
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