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Asuntos de Interés Público

Trae consigo también nuevos dilemas éticos

La práctica legal y la IA: el desafío formativo y profesional al que se enfrentan los abogados

La Inteligencia Artificial está erosionando el valor tradicional del abogado basado en el acceso y manejo de información legal. Anticipa clientes más informados y consultas más complejas, menos frecuentes, nuevos competidores. La formación jurídica debe orientarse “a pensar”.

Por Elke von Loebenstein·17 de diciembre de 2025·3 min de lectura
Imagen: smilecomunicacion.com
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La abogacía enfrenta un cambio de paradigma marcado por la democratización del conocimiento jurídico que impone la Inteligencia Artificial (IA), fenómeno que impacta el desafío profesional y formativo de la disciplina.

Aunque por décadas la profesión ha evolucionado, nada será comparable al impacto actual de la IA en el derecho, por cuanto la tecnología no solo optimiza la gestión de estudios jurídicos, facilita la investigación y agiliza equipos legales, sino que “ataca el corazón” del valor tradicional de la abogacía: el acceso y manejo de información legal. En ese sentido, se advierte que suele subestimarse un aspecto central de la disrupción: que la herramienta está “al alcance de todos”.

Bajo esa premisa se vuelve más transparente y accesible la información legal para ciudadanos, instituciones, otras profesiones y especialmente para los propios clientes. Esta “revolución de la IA”, que habría sorprendido incluso a sus creadores, es descrita como parte de una revolución digital mayor y como una disrupción inevitable, comparable a la revolución industrial del siglo XVIII, con un efecto asociado: la destrucción de puestos de trabajo al automatizar la base del expertise jurídico.

En relación con la demanda legal, la brecha de conocimiento entre abogado y cliente está desapareciendo, lo que generará dos efectos directos. Por un lado, se anticipan consultas significativamente más complejas, ya que los clientes recurrirían menos a los estudios, pero con preguntas más puntuales y profundas, elevando la exigencia profesional. Por otro lado, se proyecta un aumento de las “autoconsultas”, en la medida en que personas e instituciones intentarán ser sus propios abogados al poder acceder a información y a un entendimiento inicial de su problema legal. Este fenómeno no sería exclusivo del derecho. En medicina los pacientes pueden estar más informados y actualizados que los propios médicos.

Los costos operativos de los estudios se reducirán, debido a la automatización, lo que podría traducirse en servicios más competitivos y potencialmente más asequibles, aunque también en una “torta legal” más reducida.

La IA no solo democratiza el conocimiento para el cliente, sino que transparenta el entorno jurídico, abriendo el campo a actores inesperados. La ventaja comparativa de los abogados nacionales se diluiría, facilitando la expansión de la práctica de abogados extranjeros.

El desafío en la formación de los abogados es enorme. No se tratará tanto de aprender tecnología o manejar programas —que serán cada vez más amigables y fáciles de usar—, sino de fortalecer la capacidad de pensamiento, de razonar y entender los principios de los distintos sistemas legales del mundo y del derecho comparado.

Los dilemas éticos se incrementarán y habrá que buscar mecanismos eficientes para garantizar el buen uso de la IA, más todavía si su irrupción vuelve innecesaria o de poco valor agregado gran parte de la labor tradicional del abogado, al tratarse de un trabajo apoyado en conocimiento normativo, estructura lógica y redacción argumentativa, ámbitos que la IA puede reproducir razonablemente bien. El desafío entonces, consiste en concentrarse en aquello que los algoritmos aún no podrían suplir y la intervención humana en ciertas situaciones seguirá siendo insuperable por años. El “abogado clásico” que transita a su extinción, deberá pronto adecuarse a una realidad inevitable ya que el ejercicio profesional se volverá más exigente y el campo de acción de la abogacía se reducirá drásticamente. Sobreviran quienes logren una adaptación rápida y profunda, no siempre el más “capaz” en el sentido tradicional, sino del más adaptable y estratégico.

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