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Asuntos de Interés Público

Fútbol, poder y corrupción

De Havelange a Infantino: las sombras de corrupción que han marcado la historia de la FIFA

Un análisis revisa la evolución de la FIFA desde su fundación hasta la actualidad, abordando su relación con regímenes políticos, la comercialización del fútbol, los escándalos de sobornos vinculados a derechos televisivos y las controversias que culminaron con el FIFA Gate de 2015. El estudio también examina el rol de Gianni Infantino, la influencia de Estados Unidos y Arabia Saudita, y los desafíos de gobernanza que siguen rodeando al organismo rector del fútbol mundial.

Por Elke von Loebenstein·13 de junio de 2026
De Havelange a Infantino: las sombras de corrupción que han marcado la historia de la FIFA
Imagen referencial

La historia de la FIFA suele asociarse al desarrollo y expansión global del fútbol. Sin embargo, detrás de la consolidación del organismo rector de este deporte también existe una trayectoria marcada por controversias políticas, intereses económicos y reiterados cuestionamientos por corrupción. Así lo expone un análisis Arturo Trujillo Ramírez que revisa la evolución institucional de la entidad desde su fundación en 1904 hasta la actualidad, poniendo especial atención en los mecanismos de financiamiento, las redes de influencia y los escándalos que han afectado su credibilidad durante las últimas décadas.

La FIFA fue creada en 1904 con el propósito de fomentar el fútbol a nivel internacional. Sus primeros estatutos fueron redactados por el francés Jules Rimet. No obstante, su nacimiento también respondió a la necesidad de disputar protagonismo a torneos ya consolidados, especialmente la Copa América, en un contexto en que las potencias europeas no concebían que el continente americano pudiera liderar el desarrollo de este deporte.

Uno de los primeros hitos relevantes se produjo en 1934, cuando Italia, bajo el régimen fascista de Benito Mussolini, organizó la Copa del Mundo. El análisis sostiene que resulta difícil considerar esta designación como una mera coincidencia, atendido el contexto político de la época, marcado por el ascenso del fascismo en Italia, el nazismo en Alemania y posteriormente el franquismo en España. En ese escenario, el fútbol comenzó a ser utilizado como herramienta de propaganda política, mientras la FIFA coexistía y, en determinadas ocasiones, colaboraba con dichos regímenes.

Tras la interrupción de los mundiales entre 1938 y 1950 debido a la Segunda Guerra Mundial, la organización impulsó la figura de Jules Rimet como símbolo de paz y unión entre los pueblos. El dirigente fue enviado a diversos viajes internacionales para promover el fútbol como una expresión cultural y de integración, aunque el objetivo también era consolidar la influencia global de la FIFA frente a otros deportes emergentes. Como parte de esa estrategia, el trofeo del campeón mundial pasó a denominarse Copa Jules Rimet, nombre que se mantuvo hasta el Mundial de México 1970.

Un cambio decisivo se produjo en 1974 con la llegada del brasileño João Havelange a la presidencia de la FIFA. Su gestión marcó el inicio de una etapa de fuerte comercialización del fútbol, basada en la explotación de derechos televisivos, patrocinios y relaciones políticas estrechamente vinculadas a intereses económicos. En ese contexto surgió International Sport and Leisure (ISL), empresa que adquiría en bloque los derechos comerciales de la FIFA para luego revenderlos a patrocinadores y cadenas de televisión con elevados márgenes de ganancia. Paralelamente, Havelange impulsó una expansión deportiva que incluyó el aumento del número de selecciones participantes en los mundiales y la creación de nuevas competencias, entre ellas los campeonatos mundiales Sub-20, Sub-17, Futsal y la primera Copa Mundial Femenina oficial, celebrada en 1991.

La sucesión de Havelange en 1998 estuvo a cargo del suizo Joseph Blatter, cuya administración se caracterizó por un sostenido crecimiento institucional y económico. Uno de los pilares de su liderazgo fue el respaldo de las confederaciones de África, Asia, Oceanía y Concacaf, cuyos votos resultaron determinantes para consolidar su permanencia en el cargo. En ese contexto surgió el denominado Goal Programme, iniciativa creada en 1999 para financiar infraestructura y proyectos deportivos en países con menores recursos. Si bien el programa contribuyó al desarrollo del fútbol en numerosas federaciones, también fortaleció redes de apoyo político dentro del sistema de votación de la FIFA.

Aunque el Goal Programme no fue el núcleo del denominado FIFA Corruption Scandal de 2015, el análisis sostiene que su estructura reflejó algunas de las debilidades que posteriormente facilitaron el escándalo, entre ellas la falta de auditorías rigurosas, la opacidad en la asignación de recursos y la estrecha relación entre la dirigencia de la FIFA y determinadas federaciones nacionales.

Diversos dirigentes aparecieron involucrados en investigaciones por corrupción. En Trinidad y Tobago, el entonces vicepresidente de la FIFA, Jack Warner, fue acusado de recibir más de 10 millones de dólares en sobornos. En Sierra Leona, Isha Johansen fue suspendida tras investigaciones relacionadas con el desvío de recursos destinados al desarrollo del fútbol. En Brasil, Ricardo Teixeira fue vinculado al escándalo de ISL, donde se documentaron pagos ilegales por más de 20 millones de dólares a dirigentes deportivos.

Los derechos televisivos constituyeron uno de los principales motores económicos de la FIFA y, al mismo tiempo, uno de los ámbitos más vulnerables a prácticas corruptas. En lugar de negociar directamente con cada cadena televisiva, el organismo optó por vender paquetes de derechos a intermediarios que posteriormente los revendían por regiones. Investigaciones del Departamento de Justicia de Estados Unidos revelaron que empresas como Traffic Sports y Full Play pagaron sobornos a dirigentes de Conmebol y Concacaf a cambio de derechos exclusivos de transmisión de torneos como la Copa América, la Copa Libertadores y las eliminatorias mundialistas entre 1991 y 2015.

El declive de Blatter se aceleró tras la elección de Rusia como sede del Mundial de 2018 y de Catar para el torneo de 2022. Desde el anuncio realizado en 2010 surgieron acusaciones de compra de votos y tráfico de influencias. Diversas investigaciones apuntaron a transferencias millonarias, reuniones privadas y favores políticos destinados a favorecer especialmente la candidatura catarí. A ello se sumaron cuestionamientos relacionados con la falta de tradición futbolística del país y las extremas condiciones climáticas que obligaron a disputar el torneo durante el mes de diciembre.

La crisis alcanzó su punto máximo en 2015 con el estallido del denominado FIFA Gate. Siete altos dirigentes fueron detenidos y el Departamento de Justicia de Estados Unidos expuso una red de sobornos que habría superado los 150 millones de dólares durante dos décadas, principalmente vinculada a derechos comerciales y televisivos. Aunque Blatter fue reelegido presidente el 29 de mayo de ese año, la presión pública y mediática lo llevó a renunciar apenas cuatro días después.

Posteriormente, el Comité de Ética de la FIFA suspendió a Blatter por ocho años debido a un pago de dos millones de francos suizos realizado a Michel Platini, entonces presidente de la UEFA. La sanción también afectó a Platini, quien aparecía como el principal candidato para sucederlo. La situación terminó favoreciendo la elección de Gianni Infantino como nuevo presidente de la organización.

En febrero de 2016, durante un congreso extraordinario celebrado en Zúrich, Infantino obtuvo la presidencia con 115 votos frente a los 88 alcanzados por el jeque bahreiní Salman bin Ibrahim Al Khalifa. Su campaña se sustentó en promesas de redistribución económica, ampliación de los mundiales a 48 selecciones y un incremento significativo de los recursos destinados a las federaciones nacionales. África, Asia y Concacaf respaldaron mayoritariamente esta propuesta, presentada como el inicio de una nueva etapa para la FIFA.

Bajo su administración se aprobó además la candidatura conjunta de Estados Unidos, México y Canadá como sedes del Mundial de 2026, decisión adoptada en 2018 mediante una votación abierta de las federaciones, mecanismo incorporado tras las reformas impulsadas a raíz de los escándalos de corrupción.

El análisis también examina la creciente vinculación entre la FIFA y Estados Unidos durante la gestión de Infantino. En 2020, la organización trasladó parte de sus operaciones comerciales a Miami y posteriormente instaló una oficina en la Trump Tower de Nueva York. Paralelamente, Infantino promovió la creación de un fondo de inversión estimado en 25.000 millones de dólares junto a SoftBank y su Vision Fund, iniciativa financiada en gran medida con recursos provenientes del fondo soberano de Arabia Saudita. Sin embargo, factores políticos y regulatorios habrían impedido la concreción plena de dicho proyecto.

Finalmente, el texto destaca la entrega por parte de la FIFA del denominado “Premio FIFA de la Paz” al expresidente estadounidense Donald Trump durante el sorteo del Mundial de 2026, reconocimiento otorgado por sus supuestos esfuerzos en favor de la paz y la unidad mundial. Para el autor, este episodio refleja las contradicciones que han acompañado históricamente a la organización y que continúan generando cuestionamientos sobre la relación entre el fútbol, el poder político y los intereses económicos.

El análisis concluye señalando que, en medio de una de las mayores crisis migratorias del continente, México será sede de trece partidos de la Copa Mundial de 2026, torneo que se desarrollará bajo la organización de una FIFA que continúa enfrentando críticas por las controversias que han marcado buena parte de su historia institucional.

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