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Opinión

La estatua que se levanta. ¿Qué puede enseñarnos el “Don Giovanni” de Mozart sobre autoridad, límites y legitimidad?

Una interpretación que articula música, derecho y teoría política permite apreciar que Don Giovanni no solo representa el destino moral de un libertino, sino que ilumina un problema central de toda comunidad política: qué ocurre cuando actores relevantes, como hoy sucede en contextos de polarización, dejan de reconocer la legitimidad del marco institucional que hace posible la convivencia democrática. La ópera muestra, con notable precisión dramatúrgica, el punto en que la autoridad ya no persuade sino que debe ejercer su representación en nombre de todos, revelando cómo la negación radical, d

Por Daniel Soto Muñoz·06 de diciembre de 2025
Imagen: kennedy-center.org
Imagen referencial

La orquesta se detiene. Los trombones irrumpen con un rugido ceremonial. Una estatua de piedra cruza el umbral del palacio donde don Giovanni celebra su cena. Le ofrece una última oportunidad: «Pentiti!» («¡Arrepiéntate!»). Don Giovanni responde con un monosílabo que sellará su destino: «No!» y el suelo se abre bajo sus pies.

Esta escena final de «Don Giovanni«, estrenada en Praga en octubre de 1787, no es simplemente el castigo moral al libertinaje de un aristócrata disoluto. Es un acto de lenguaje político sobre un dilema que enfrentaba el Imperio Austríaco y que resuena con particular intensidad en Chile hoy: cuando la nobleza húngara, las provincias belgas y los sectores eclesiásticos desafiaban los decretos reformistas de José II no solo en sus contenidos sino en su legitimidad misma, la pregunta se volvía inevitable: ¿Qué mantiene unida a una comunidad política expuesta a permanentes tensiones? Mozart y Lorenzo Da Ponte, su libretista, no describieron este dilema, sino que lo ejecutaron escénicamente mostrando el momento en que la autoridad abandona la persuasión y pasa a ejercer su representación, hablando en nombre de todos.

La controversia comienza desde la primera escena. Don Giovanni no mata al Commendatore por pasión o defensa propia, sino como rechazo performativo de la autoridad paterna que intenta detener su transgresión. La magnitud de esta negación se despliega en la célebre aria del catálogo, cuando Leporello recita con ritmo mecánico las conquistas amorosas de su patrón ante Donna Elvira: «Madamina, il catalogo è questo / delle belle che amò il padron mio: / un catalogo egli è che ho fatto io; / osservate, leggete con me» («Señorita, este es el catálogo / de las bellas que amó mi patrón: / un catálogo que yo mismo hice; / observen, lean conmigo»). Las mujeres no son reconocidas como personas con dignidad propia sino contabilizadas como mercancías. Este no es simple libertinaje, es la negación sistemática del reconocimiento mutuo que sostiene cualquier orden político.

Mozart dramatiza un mundo polarizado sin término medio. Don Giovanni no negocia con la autoridad paterna, la elimina. Los estamentos privilegiados del Imperio Austríaco no dialogaban con José II, negaban su legitimidad para reformar. En ambos casos, el conflicto no ocurre dentro del marco institucional sino que cuestiona la existencia misma de ese marco. Esta es la anatomía de la polarización radical, cuando las partes en conflicto no disputan políticas específicas sino el derecho mismo del otro a participar en la conversación política.

El desafío definitivo se desencadena en el cementerio. Don Giovanni lee en voz alta la inscripción en la estatua del hombre que ha asesinado: «Dell’empio che mi trasse al passo estremo / qui attendo la vendetta» («Del impío que me llevó al último paso / aquí espero la venganza»). Su respuesta es una carcajada: «Oh bella cosa! / La vendetta d’un morto!» («¡Qué bella cosa! ¡La venganza de un muerto!»), y lo invita a cenar como si se tratara de un viejo amigo. Esta expresión no sólo es una muestra de humor macabro y desenfadado. Al tratar a la estatua como piedra inerte, don Giovanni ejecuta exactamente el tipo de deslegitimación que José II enfrentaba cuando los estamentos privilegiados se negaban a reconocer sus decretos como vinculantes.

Desde una interpretación contemporánea de la historia del pensamiento político, se puede destacar que aquí emerge la dimensión retórica de la imagen. Desde la antigua Roma, las estatuas conmemorativas funcionaban como actos de representación, encarnaban la presencia activa del poder incluso en ausencia física del soberano. Esta lógica tiene un paralelo conceptual con el funcionamiento del famoso frontispicio del «Leviatán» de Thomas Hobbes, cuya imagen no sólo ilustra una teoría sobre el poder, sino que la ejecuta mediante su propia presencia visual. Así como el gigante hobbesiano concentra en su figura los cuerpos de todos los ciudadanos para hablar en nombre de todos, la estatua del Commendatore mantiene viva la posibilidad de preservar el orden más allá de la presencia física de quien detentaba la autoridad. Pero aquí está el punto crucial que Hobbes oscurece y Mozart dramatiza con precisión musical, la representación sólo funciona mientras es reconocida como legítima por los representados, y permanece legítima únicamente cuando el soberano se somete a los límites institucionales que él mismo invoca.

Cuando la estatua aparece en la cena, Mozart detiene toda la fluidez dramática que había caracterizado la ópera. Irrumpen los trombones, instrumentos reservados para escenas de muerte y juicio divino, y entonces la voz profunda del bajo proclama con peso ceremonial: «Don Giovanni! A cenar teco m’invitasti, e son venuto!» («¡Don Giovanni! A cenar contigo me invitaste, ¡y he venido!»). El contraste vocal es dramático: frente al bajo profundo del Commendatore, quedan suspendidas las voces más ágiles de don Giovanni y Leporello. La declamación del Commendatore es estrictamente silábica: cada sílaba pronunciada sobre una sola nota, sin ornamento. El Commendatore no canta como padre herido: proclama como figura institucional que encarna el orden. Las cuerdas mantienen el mismo acorde estático mientras la voz avanza sin melodía, recitando más que cantando.

Don Giovanni rechaza cualquier arrepentimiento. Cuando la estatua le exige por última vez «Pentiti, cangia vita! / È l’ultimo momento!» («¡Arrepiéntate, cambia de vida! / ¡Es el último momento!»), la respuesta es un monosílabo repetido tres veces: «No, no, no!» Con esta negación triple, no se rechaza simplemente una orden específica: se niega la existencia misma del marco constitucional que permite que las órdenes sean legítimas. La orquesta desciende nota por nota, los trombones irrumpen en su máxima potencia, el tempo se vuelve implacablemente mecánico. El libertino ya no es castigado por un padre vengativo: lo devora la estructura impersonal del orden que ha negado.

Aquí Mozart dramatiza lo que los pensadores políticos desde Maquiavelo venían advirtiendo: la mayor amenaza para la paz civil no proviene del conflicto entre visiones políticas diferentes —esto es natural e incluso saludable en cualquier comunidad— sino de la negación misma del vocabulario compartido que permite procesar ese conflicto. Cuando distintos actores rechazan no solo decisiones específicas sino el marco constitucional que permite tomar decisiones legítimas, la deliberación se vuelve imposible. En el siglo XVIII, este dilema se manifestaba cuando los estamentos privilegiados negaban la autoridad del monarca reformista para legislar, pero también cuando el poder absoluto se ejercía sin reconocer límites institucionales. Mozart no toma partido por ninguno de estos extremos: dramatiza la estructura misma del problema.

La caída de don Giovanni no es el castigo moral de un calavera, sino la consecuencia inevitable de desconocer el marco constitucional que permite que la comunidad siga siendo tal. La orquestación final es casi litúrgica: acordes simultáneos sin melodía, voces que se mueven al unísono creando un sonido macizo, ausencia absoluta de desarrollo narrativo. La música ya no persuade ni seduce: ejecuta la restitución del orden. Pero esta no es una apología del autoritarismo. Es el reconocimiento de que toda comunidad política —incluyendo las democracias más robustas— requiere un mínimo de vocabulario compartido que permita procesar el conflicto sin destruir las condiciones mismas del procesamiento.

Mozart y Da Ponte escribieron esta parábola cuando Europa enfrentaba la pregunta que sigue desgarrando a las sociedades contemporáneas: ¿Qué mantiene unida a una comunidad cuando distintos actores niegan no solo políticas específicas sino la legitimidad misma de las instituciones que las producen? La estatua del Commendatore concentra la representación de todos para hablar en nombre de todos, como el gigante hobbesiano, pero va más allá. Esa representación no es una licencia para el dominio absoluto sino, es una forma institucional que debe restaurar las condiciones de la convivencia, y que ella misma está obligada por ese lenguaje compartido que invoca. Ninguna sociedad puede sobrevivir si sus miembros, o sus gobernantes, rechazan sistemáticamente las obligaciones que hacen posible el orden común.

El «Don Giovanni» contemporáneo no es solo quien rechaza toda autoridad: es también el poder que exige obediencia sin reconocer límites. Ambos niegan el marco que hace posible la convivencia. En momentos de polarización extrema, cuando las opciones parecen reducirse a elegir entre formas distintas de negación institucional, Mozart no ofrece respuestas fáciles. Solo una advertencia: que las comunidades solo sobreviven si alguien conserva el derecho legítimo de pronunciar la última palabra.(Santiago, 6 de diciembre de 2025)

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